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El poema que irritó a la clase política
La poesía es una forma de expresión poderosa. Una herramienta que permite describir un paisaje, unas emociones, conceptos filosóficos, pero también, dar a conocer sus opiniones políticas de manera estética y reflexiva.
La prueba está en lo sucedido esta semana en Europa. El premio Nobel alemán (nacido en Polonia), Gunter Grass, publicó un poema en el periódico Suddeutsche Zeitung en el que cuestiona la postura de su país (y por consecuencia, de todos los demás países occidentales) ante las claras muestras de Israel de emprender un conflicto contra Irán.
Este hecho ha generado un escándalo en Israel pero también y, sobre todo, en Alemania: un país que, debido a su protagonismo devastador en la Segunda Guerra mundial (y un innegable sentimiento de culpa), se ha mantenido hasta ahora fuera de todas las discusiones referentes al conflicto Palestino-israeli.
Gunter Grass evidencia con este poema un dilema ético impostergable: el silencio ante ciertas conductas bélicas puede considerarse como un acto destructor. Pero también hace referencia a otras problemáticas históricas: la culpabilidad de la Alemania de los años 40 en el Holocausto no debe seguir limitando a los alemanes de hoy en su reflexión y su independencia de juicio.
Este poema es un acto inesperado de cuestionamiento social que ha generado un escándalo esencialmente diplomático. Quienes critican a Gunter Grass son políticos (como Hermann Gröhe, secretario del partido de Angela Merkel) que ven en su actitud una traición peligrosa.
Ésta es la prueba de que el arte –y la poesía en particular– sigue ocupando un espacio importante en la construcción de un diálogo o crítica social. Pero, sin querer explayarme más en las implicaciones de este poema, dejo que el lector se haga una idea de su contenido.
Lo que hay que decir
Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.
[Traducción de Miguel Sáenz. El texto original en alemán se publicó el 5 de abril en el diario Süddeutsche Zeitung.]
Actualizado (Sábado, 07 de Julio de 2012 16:34)
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