Lunes, 22 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Llegó a las nueve de la mañana. No habría tenido problema si hubiera venido para sus hijos, pero iba dirigido a ella. Estuvo tentada a rechazarlo, pero pudo más la curiosidad.

¿Quién, a estas alturas de su vida, le podría enviar un paquete?, se preguntó mientras caminaba sosteniendo el paquete con las dos manos con una mezcla de asco y curiosidad.

En el patio, lo dejó sobre una mesa y lo contempló a un metro de distancia.

Fue al baño y se refregó las manos con la piedra pomes hasta que se pusieron rojas. Luego lavó la loza al tiempo que lloraba de rabia porque su esposo debería estar con ella, en lugar de estar al lado de una mujer veinte años menor.

Cuando su hijo bajó a desayunar, la encontró sentada en una butaca, contemplando el bulto.

—¿Y eso? —preguntó él.

Intentó tocarlo, pero la mamá le sujetó el brazo con fuerza.

—¡No lo toque!

—¡Por dios, Mamá!

—¿Quién sabe qué sea?

El hijo leyó.

—¿De Cúcuta? ¿A quién conoce en Cúcuta?

—A nadie. Y lo peor es que…

Se quedó callada observando el paquete.

—¿Qué es lo peor?

Sus labios temblaban.

—¡Mamá!

Continuó en silencio, como si temiera que sus palabras pudieran hacerle daño a alguien.

—¿Se acuerda que le conté que vi a un tipo intentando abrir la casa del frente? —susurró mirando a lado y lado. —Antenoche encontré en la puerta un manojo de flores amarradas con un cordón de zapato. Yo creo que él las dejó para amenazarme.

—¡Ay, mamá, deje de decir bobadas!

—Ningunas  bobadas. Piénselo. Ese tipo quiere hacerme daño.

—A ver, ¿qué tiene el paquete? ¿Una bomba?

—Puede ser una sustancia química.

—Según usted, ¿cómo supo el tipo su nombre y apellido?

—No sé. Lo pudo averiguar con los vecinos.

—¿Cuáles vecinos? Usted no habla con nadie. Se la pasa todo el día encerrada.

—Buscó los datos por internet.

—¿Y por qué puso remitente?

—¡El paquete lo envió él y punto! —dijo malhumorada.

El hombre levantó los hombros y fue a la cocina. Allí mezcló el tinto con leche y lo tomó de un sorbo largo. Después fue a la sala.

—No me deje sola. Mire que el tipo puede venir a hacerme algo —dijo la anciana caminando detrás de él.

—¡Dios mío, mamá! Qué tipo ni qué nada. Más bien báñese y dese una vuelta. Si quiere visite a sus hermanos, a sus sobrinos. ¡A alguien!

—No se vaya —dijo con voz temblorosa mientras se aferraba al brazo de su hijo.

—Mamá, por favor. Tengo que trabajar.

—Llame y diga que está enfermo… Si quiere, yo llamo y les digo que su mercé no puede ir —dijo con los ojos llorosos.

—No señora —dijo sacudiendo suavemente el brazo para que ella lo soltara. Dio media vuelta y se fue sin despedirse.

Se sentó en el sofá sin saber qué hacer. Se sintió sola y vieja. Incluso ridícula. Inútil. Como si los años la hubieran transformado en un trasto vergonzoso.

Al rato puso agua en la estufa para hacer otro tinto. Mientras hervía asomó la cabeza para observar el bulto. Luego se sentó frente a la estufa con la mirada perdida en las tinieblas del horno.

Tomó el tinto contemplando el bulto desde la puerta del patio.

Después encendió el televisor. Cambió hasta que encontró un canal católico que transmitía la eucaristía. Se acomodó y a los diez minutos se quedó dormida.

Se levantó con hambre, pero le dio pereza cocinar. Mezcló el tinto con leche y se lo tomó con dos mogollas.

Después quiso llamar a sus hermanos, pero sintió vergüenza que pensaran que era una desocupada.

Subió a su cuarto.

Como todos los días, se sentó a contemplar la calle. En la ventana de la casa del frente había una mujer de su misma edad, observándola. Le sonrió. La vecina, al verla, arrugó la boca y corrió la cortina.

—Vieja pendeja —dijo malhumorada.

A las cuatro de la tarde, abrumada por la incertidumbre, envolvió el paquete en dos bolsas de basura y se lo llevó hasta el caño.

Lo lanzó a las espesas aguas. La corriente lo llevó lentamente hasta el recodo en el que se acumulaban las basuras que venían flotando desde el oriente de la ciudad. Le cayó un buitre encima, lo picoteó como si fueran las entrañas de un animal. Después de un rato contempló el fardo ladeando la cabeza. Desilusionado emprendió el vuelo.

Minutos después un perro olfateó los fragmentos y continuó su ruta sin interesarse en los restos que había dejado el ave.

Quiso dar la vuelta por el puente para contemplar las entrañas del bulto. Pero le dio pena que las personas la vieran escarbando la basura.

Se fue a la casa.

A las siete llegó el hijo. A pesar que él no le preguntó por el paquete, ella le contó la aventura de deshacerse del paquete con tantos rodeos, que terminó perdida en un relato en el que tejió un sueño, la llamada que no le hizo a su hija y el viaje al caño.

A las ocho sonó el timbre. Se puso pálida.

—Vaya a ver quién es —le ordenó al hijo.

Era el primo Alejandro.

—¿Cómo está, John? —lo saludó.

—Bien, hombre —respondió en medio de un bostezo— ¡Mamá, es Alejandro! —gritó.

John Le ofreció un tinto que Alejandro declinó con un leve movimiento de la mano.

—Y eso Alejo, ¿a qué viene? —preguntó la mamá cogida del brazo del hijo.

—Tía, vengo a recoger el paquete.

—¿Paquete? —dijo al tiempo que bajaba la mirada—Acá no ha llegado nada.

 

—Qué raro —dijo Alejandro—. Hasta les pedí el favor que lo pusieran a su nombre para que no tuviera problemas cuando lo recibiera.

—Sí, rarísimo —repitió ella al tiempo que pellizcaba a su hijo para que no abriera la boca.

 

Diego Niño

@diego_ninho 

Palabras que piden orillas
Diego Niño

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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