Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Natalia Springer junto a Naomi Roth / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

Sábado 08 de agosto del 2015. La Escuela Vallenata de la Paz, primera iniciativa dedicada a tratar los temas del posconflicto en las regiones de Colombia, culmina su segundo ciclo de formación con una serie de conferencias sobre el perdón y la reconciliación.

En el escenario del auditorio del Gimnasio del Norte, la analista y moderadora Natalia Springer todavía se despide de la audiencia después de más de 5 horas de gran debate y reflexión. El público se acerca a ella en un intento de saludar y comentar la iniciativa. Se nota una euforia repentina, el efecto quizás de las sucesivas presentaciones. Surgen y borbotean inquietudes, deseos de aportar y otras preguntas inesperadas ligadas al evento.

Al lado de la moderadora, los conferencistas internacionales -la abogada norteamericana Noemi Roth y el experto polaco Lukasz Zablosky- se mantienen a la espera. Son unos leves minutos de desconcierto en los que se entremezclan el entusiasmo por la respuesta generada y el cansancio fruto del intenso ejercicio.

En ese preciso momento, saliendo del recinto, Natalia Springer accede a respondernos. El deber de comunicar se impone entonces sobre la necesidad de hallar el reposo. Pese a la placidez que genera la sensación del deber cumplido, la realidad se acapara del tono de voz de la entrevistada.

Cómo colombiana, ¿qué tan cerca se siente de la Paz?  

¡Estamos muy lejos de la paz! La verdad es que se han hecho unos 12 intentos de procesos de paz. Los que han terminado exitosamente más o menos le condenan a los combatientes, pero lo que ha pasado es que el Estado no le cumple a la gente. Por ejemplo, el M-19, ellos estaban en el Cauca, el Estado prometió toda suerte de desarrollos para el departamento y, sin embargo, no llegó ni una escuela, ni una carretera, nada. Entonces los espacios que liberó el M-19 los ocupó la guerrilla de las FARC.

Esta escuela no es para defender la paz con las FARC. A mí realmente poco me interesa lo que ahí pase porque, si esa paz con las FARC fuera muy exitosa, la verdad es que aliviaría muy poco el fenómeno de violencia en el país. La Escuela de Paz es, en realidad, para abordar la gran violencia del país que es la que se produce entre los colombianos que no están armados u organizados para oponerse pero que también es una violencia gigantesca.

En Valledupar -y esa es otra de las cosas que uno extraña- de la paz no se habla. De la paz no se habla en las regiones. La paz es un tema de Bogotá. Es un tema de la academia, un tema centralizado, pero no es un tema de región. Es aquí donde se tiene que hablar, pero les da miedo venir porque aquí hay demasiadas víctimas. ¡Hombre! ¿Adónde va uno a hablar?   

Esta fue la cuna de los paramilitares, la cuna de uno de los mayores jefes guerrilleros, y aquí no hay una sola familia que no tenga una herida. Entonces, déjame decirte que es aquí donde interesa. Es aquí donde hay que hablar sobre estos temas. Bogotá es otra manera de ver, con una distancia académica, pero aquí esto despierta iras, rabias, encono, de todo, porque la gente está herida. Es aquí donde se debería hablar. El presidente debería estar socializando y hablar menos de sus temas en Gran Bretaña, en España…, y venirse para las regiones que han sufrido para hablar con la gente y saber lo que ellos piensan, y cómo creen que debería hacerse y cuáles son sus reclamos, y qué es lo mínimo que ellos aceptan, porque sin escucharlos a ellos no hay paz legítima.

La paz genera muchas resistencias, lo hemos comprobado también con esta escuela. ¿Por qué?

En el primer evento estallaron todas las vidrieras con la propaganda y las quemaron, no solamente las estallaban. Estallaron los transformadores de luz antes de iniciar el primer evento y, además de eso, han mandado amenazas. Vinieron desmovilizados, hablaron conmigo, me han mandado amenazas por redes, me han mandado amenazas a mi teléfono y por escrito, y las amenazas son muy claras: usted aterriza en Valledupar y va a pasarle de todo.

Pero esto es una anécdota. Lo que muestra ese odio es que hay mucho dolor y detrás de ese dolor hay una carga enorme. Hay mucho dolor, y ese dolor está justificado en una región donde no tiene una familia que no haya sido víctima. Es una región que ha sufrido demasiado. Es una ciudad donde el 33% de la población es desplazada de la última ola de desplazamiento. Pues obvio que este tema genera mucho odio. Lo que hay detrás de este odio es dolor. Para esa gente es esta escuela. Para esa gente es este espacio y para esa gente vamos a seguir trabajando.

¿Qué le produce liderar esta escuela? 

Para mí esta tierra es lo máximo.  Estuve trabajando primero con la fundación de la mesa de los Montes de María en 2005, eso fue terrible porque los paramilitares estaban ahí y decían cuándo se prendían y cuándo se apagaban las luces, eso sí era terrible. Trabajar allá fue una cosa verdaderamente aterradora, esto aquí no es nada con respecto a lo que eso era.

Empecé a trabajar en Valledupar y el Cesar en la protección de niños y niñas contra el abuso y el reclutamiento ilícito de grupos armados al margen de la ley y yo siempre he creído que esta tierra es grande por la cultura. Es gigantesca por la cultura y por la manera que se resuelven los conflictos que es palabreando. Esta es la tierra del palabreo. Esto es el sur de La Guajira, la tierra de los juglares que dirimen las batallas cantando y tocando. Evidentemente, yo no tengo voz, yo canto bajo la ducha y se va el agua, canto fatal, no sé componer, pero algo puedo hacer y donde quiero crear historia es en mi tierra. Valledupar es mi tierra. Mi corazón es Valledupar.

Lo que quiero es usar mi prestigio y conocimiento para hacer eso que es tan necesario: ayudar a mi sociedad a sanar de esta herida tan grande.

¿Qué espera que surja de esta escuela?  

Espero que la gente se tome esto. Ya se lo han tomado los niños que siempre son más rápidos en el proceso. Los niños ya empezaron los procesos de gestores de paz en los colegios, cosa que es muy importante, porque no se trata de paz con las Farc. Se trata de la paz que impide el bullying en los colegios, que permita la deliberación sana de los colegios, que permita un proceso social diferente.

Es un proceso que ya se inició, que va muy bien. Los niños también están vinculados a esta escuela y, para nosotros, es supremamente estratégico de cara al futuro. La idea es que, además de las conferencias y debates, haya un entrenamiento a la gente, un entrenamiento práctico de cómo resolver conflictos en las comunidades, en los conflictos de la escuela, en las empresas, en todas partes, para ver cómo le bajamos a esto tan fuerte.

¿Cómo ha sentido la respuesta del público?

¡Impresionante! Ayer no le cabía el alma a eso. Y siguen llegan inscripciones, y ya vamos por encima de las 5000. La gente está prendida de las televisiones y de la radio, y me escriben todo el tiempo. Cosas buenas, cosas malas, es parte del proceso.

Hay gente que está en contra, para eso es. El problema no es acabar con el conflicto. Con lo que tenemos que acabar es con la manera con que lo resolvemos, que es a golpes y a punta de violencia. Tenemos que transformar la forma de resolver los conflictos y no que se acaben. Diferencias siempre vamos a tener. Para eso estamos, para resolver los conflictos palabreando, cantando o a gritos, pero no nos matemos. Eso es una aspiración y esperemos que esa transformación cultural empiece a sentirse.

Esta Escuela Vallenata va dirigida a todo el mundo, pero usted especialmente: ¿Quién quisiera ver aquí?

Para las víctimas especialmente, para los niños que ha sido una obsesión tan grande y para los violentos. Una de las cosas que me motivó, y eso es una anécdota, es que entorno a alguna de las celebraciones, uno veía a gente diciendo “nos vamos a volver a armar”, “Si llega a pasar esta paz, vamos a ir a hacer la guerra”. Me impresionó mucho esa gran semilla de odio ahí, y eso es una cosa que vamos a tener que empezar a discutir. Mi esperanza es que esto se lo tome la gente y empiece a considerarse, ya no en una deliberación, sino en una cultura.

¿Cómo quisiera ver Valledupar y Colombia en cinco años?

Yo creo que en 5 años no hemos pasado la turbulencia. Esto es un proceso lento. Yo quisiera ver en cinco años, para ser muy realista y concisa, juicios muy claves contra máximos responsables de todas las partes. Yo quisiera verlos asumiendo la responsabilidad de su parte sobre lo que ha pasado, pidiendo perdón a las víctimas, y realmente emprendiendo ese proceso de reparación a las víctimas de una manera decente.

A nadie le van a reparar un hijo que lo han matado, eso no hay manera. Si a mí me mataran un hijo, la única manera como a mí me repararían sería devolvérmelo a la vida por completo, pero como eso no va a pasar, y como no hay manera de devolverle a la gente lo que ha perdido, lo único que podemos aspirar es a tener una reparación que no solamente sea material y consista en devolverle a la gente lo que le robaron, o devolverle la dignidad perdida –porque a muchos los señalaron de cosas que no eran–, pero también es necesario que sea una reparación simbólica, que haya un acercamiento y sobre todo un proceso de escucha. Si eso nos ayuda a fortalecer el sistema democrático, para que estas cosas no sigan pasando, y para hacer las modificaciones que permitan una corrección de los factores de violencia estructural tan definitivos, yo me sentiría muy feliz.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier 

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