Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Fábulas de la abuela / Foto: Jan Puerta

Soy un profundo admirador de las costumbres de mi pueblo, por ello vivo en la permanente caza de dichos, anécdotas, pasajes, personajes y todo el acervo cultural vernáculo, de ese mundo mágico, que parece calcado del universo macondiano creado por Gabriel García Márquez.

Hay momentos en que tengo la impresión de que Gabo, de alguna manera, estuvo espiando nuestro pueblo y viendo la cotidianidad en que nos desenvolvíamos y de ahí sacó sus personajes y los pasajes con que deleitó y aún deleita a sus lectores. Otras veces pienso que, por alguna misteriosa razón, el mundo de García Márquez se materializó en mi pueblo y que todos los nacidos en Tamalameque somos personajes de su mágica creación.

Aquí se da en forma espontánea y natural situaciones que posiblemente no se den en otros lugares. En nuestro pueblo ha habido y hay personajes dignos de ser narrados, hay un nutrido anecdotario de casos insólitos que cualquiera los puede mostrar en una obra literaria y de seguro los lectores lo tomarán como ficción. Aquí hay casos como el de Alejando, el anciano que hizo un rancho tugurial en el cementerio sobre la bóveda de su esposa para dormir junto a su amada y a nadie asombra encontrarlo acostado sobre la tumba o haciendo la siesta del medio día en una hamaca dentro de ese insólito ranchito.

Entre nosotros vivió Valeriana, la anciana que se sabía una oración que le permitía recibir los avisos de la muerte, lo que el oído normal no podía percibir. Ella oía teñir las campanas del más allá, por ello sabría con anticipación el momento exacto de su deceso, pues tenía la facultada de saberlo ya que si escuchaba doblar esas tétricas campanas con el oído izquierdo sabía que ese día moriría un paisano nuestro, pero si la oía con el oído derecho tendría la certeza absoluta que en setenta y dos horas se produciría su propio fallecimiento.

Valeriana nunca pensó que la muerte fuera una mamagallista redomada y que le anunciara en ocasiones diferentes su propia partida al infinito, y que ella a su vez se la anunciara a sus familiares y que iniciara acuciosa los preparativos de su propia muerte, lavando y planchando su ropa mortuoria, cobrando a sus vecinos y pagando sus propias deudas, adecentando el ataúd que desde hacía muchísimo tiempo había comprado y que guardaba envuelto en papel de bolsas de cemento,  sobre las vigas del techo de su casa, el que en múltiples ocasiones había tenido que prestar a sus vecinos por la muerte inesperada de alguno de sus familiares. En esa mamadera de gallo de la muerte, Valeriana anunció en varias ocasiones su defunción y el pueblo curioso hacía romerías en la prima noche hacia la casa de Valeriana  para acompañarla en sus últimos momentos, pero muy a pesar de los anuncios Valeriana no moría. Algunos pensaban que Valeriana estaba loca, otros que había perdido su poder, otros hacían bromas sobre el poder de esa oración, total, Valeriana murió un día cualquiera y ni ella misma se dio cuenta.

En este pueblo, los pescadores y los leñadores no podían cumplir su faena en los días de la Semana Mayor, cuentan nuestros mayores que muchos pescadores que desafiaban estas normas dictadas por la tradición, en sus atarrayas no atrapaban peces sino que en sus redes traían enredadas calaveras que les asustaban y tenían que huir despavoridos a sus casas. De niño escuché el caso de la señora que al cortar con las tijeras las ramas de la planta de rosas que quería podar notó que de éstas brotaba sangre en forma torrentosa. En Semana Santa se decía que el diablo andaba suelto, haciendo diabluras, aprovechando la muerte de Jesús, por ello los niños de esa época vivíamos llenos de aprehensión y cumplíamos solícitos cualquier orden impartida por nuestros mayores.

Qué lástima que se hayan perdido estas costumbres, que dolor que se hayan diluido estas leyendas y que para las nuevas generaciones este anecdotario no tenga valor. Lástima que los padres hayan perdido la buena costumbre de contar a sus hijos los cuentos y leyendas propias de nuestro pueblo,  que desastre que la educación no sirva de instrumento de rescate y resignificación a esa oralidad dispersa, variada y rica que tienen los pueblos de la costa y que parece que irremediablemente se perderá en los caminos del olvido.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando
Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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