Martes, 19 de sep de 2017
Valledupar, Colombia.

Juan Gossaín / Foto: El EspectadorEntre la vasta y densa literatura colombiana, queremos destacar la obra de Juan Gossaín “La balada de María Abdala”. Una novela escrita con un estilo fino y elegante que recoge las vivencias de una pareja de inmigrantes libaneses llegados a Colombia a principios del siglo XX, cuando el país de Oriente medio se encontraba bajo dominio turco y padecía la violencia.

Publicada en el año 2003, esta novela corta no logró escapar de la etiqueta tan reductiva que es el realismo mágico. A su salida, los comentarios de los críticos fueron tan elogiosos como cortantes y crueles. Un ejemplo es el comentario de un periodista de Semana, Leonel Fierro, quien dijo que “la balada de María Abdala no es más que una regular tentativa de aproximación al mundo mágico de Macondo”.

Pero hoy queremos volver a la musicalidad y a la serenidad de su prosa sin las comparaciones que enturbian las lecturas. Juan Gossaín es un escritor de un grandísimo prestigio y, si es cierto que su novela recoge numerosos elementos que caracterizan a la obra del ilustre Gabriel García Márquez, también tenemos que apreciar sus particularidades y logros.

Primero y antes de todo, el hecho que el narrador sea el hijo fallecido de esa pareja de inmigrantes es algo que nos sitúa de inmediato, sin rodeos ni largas descripciones, en un mundo en el que conviven muertos y vivos.

La historia empieza con la descripción inminente de la muerte de María, una mujer carismática y querida de todos los vecinos, que, si bien llegó sin hablar una sola palabra de castellano, consiguió erguirse como una de las figuras trascendentales del pueblo: San Bernardo del Viento.

Madre de cuatro hijos, su belleza y fuerza de carácter rebasaron rápidamente los confines del pueblo, atrayendo a todo tipo de hombres y generando a veces catástrofes imposibles de prever.

Otra característica de esta obra, es la relación entrañable que existe entre la pareja y el pueblo costeño. Esa relación se alimenta de las contradicciones de cada uno. Abierto y asoleado, el pueblo de San Bernardo del Viento no deja de ser una aldea conservadora donde los personajes escrutan sus idas y venidas, donde las noticias circulan más rápido que el viento.

Por otro lado, la pareja de extranjeros, unida firmemente a sus costumbres, muestra una capacidad de adaptación fuera de lo común. Sus riñas y rencillas esconden un amor profundo y leal que se crece ante las adversidades.

María y su marido logran superar las grandes diferencias, se integran y se ganan el respeto de todos, de tal modo que acaban considerando este pedacito del Caribe como su tierra natal.

La representación de ese sentimiento por la tierra Caribe es uno de los mayores aciertos de Juan Gossaín, pero también debemos rescatar cómo el autor recrea poco a poco la maduración de la pareja, cómo el volcán que los adueñaba en la cama y les alborotaba la sangre en los primeros años de matrimonio va apagándose lentamente con cada parto, hasta permanecer en un estado de ceniza caliente: como un sentimiento cálido y latente.

El libro termina siendo una gran reflexión sobre lo que es la experiencia y la vejez, la evolución del amor y sus caras cambiantes, la poesía y la realidad, y por eso, se transforma en una lectura placentera para todo tipo de lectores.

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