Lunes, 22 de ene de 2018
Valledupar, Colombia.

Santa Ana de los Tupes El pasado martes 26 de junio, el coordinador del Centro de Memoria de San Diego, Armando Arzuaga Murgas, hizo entrega al mandatario municipal, señor Humberto Jurado Abril, del documento indicativo para la declaratoria de Bien de Interés Cultural del ámbito local a la Ermita de Santa Ana de los Tupes.

Es un hecho que compete a todos los que estamos comprometidos con la salvaguarda del patrimonio cultural, por cuanto supone el primer paso para asegurar la conservación de este bien, y por ende, gestionar su restauración.

La citada ermita es una edificación del período colonial, ubicada en el corregimiento de Los Tupes, jurisdicción de San Diego, cuya importancia está sustentada no sólo en el valor arquitectónico, cultural y religioso que posee, sino que es, además, el vestigio más eminente de la que fuera alguna vez la encomienda de Tupes, erigida en parroquia doctrinera de indígenas desde mucho antes de 1739.

Debe mencionarse en esta columna el comedido interés del presbítero Luis Carlos Oñate Padilla -de feliz memoria-, por iniciar un proceso que diera a la ermita la declaración de “monumento nacional”, que era la denominación antes usada para distinguir las edificaciones insignes de la República.

Todavía en el año 2007, agobiado por los años y, más aún por el peso de su enfermedad, insistía en una cita con el entonces senador Mauricio Pimiento, para que fuera él el encargado de obtener esa gracia -decía él- para los tuperos y sandieganos.

Es reconocida la gran deferencia que profesamos los sandieganos por el pueblo de los Tupes, como que es allí donde empieza a discurrir nuestra historia. En lo que es hoy el corregimiento de Los Tupes hubo un importante asentamiento prehispánico de indígenas del mismo nombre, cuya patria era el valle del bajo río Cesar.

Juan De Castellanos los describe altos, fornidos y rebeldes, y dice de ellos: “Hay dentro de Upar muchas naciones en las lenguas y ritos diferentes, pero todas de fieras condiciones y destas son los tupes más valientes” (Elegía de varones ilustres de Indias).

Los tupes fueron la aguerrida nación que defendió heroicamente su territorio de la invasión española, a la cual se enfrentan en sucesivos ataques y asaltos a sus ciudades, sobre todo a Valledupar, que fue incendiada varias veces.

La gobernación de Santa Marta organizó varias expediciones para someter a los indígenas y a sus caciques, cuyos nombres nos han llegado por cuenta de los cronistas: Uniaimo, Chiriaimo, Tocaimo, Magiriaimo, Coroponaimo, Coronaimo. Cabe destacar que estos dos últimos participaron en los sucesos que dieron lugar a lo que hoy conocemos como “Leyenda Vallenata”.

Gerardo Reichel Dolmatoff[1] plantea que los dubey mencionados por Gonzalo Fernández de Oviedo en 1532 son la misma tribu, al igual que la de los tomoco del siglo XVIII, conocidos también como “orejones”, que vivían en las riberas bajas del río Cesar y tenían además una casa ceremonial denominada “el Tupe”, en la que adoraban un ídolo colgado de una viga[2].

Como solía ocurrir en la dinámica de la colonización española, es muy probable que sobre las cenizas de aquel epicentro espiritual fuera levantada la Ermita de Santa Ana, como símbolo dominante de la nueva fe impuesta.

De allí, sin duda alguna, se deriva -porque al final los referentes de la memoria son los mismos- la inexplicable sensación de misterio que se siente en el ambiente de Los Tupes, y que cautiva desde el primer momento hasta al más desprevenido visitante.

No se sabe a ciencia cierta la fecha de construcción de la ermita, pero ya estaba edificada en 1775, según afirma Luis García Benítez[3]. Y mucho antes tenemos el testimonio de José Nicolás De la Rosa, cuya “Floresta” terminó de escribir en 1739, y quien la señala con “propio cura, maestro de doctrina, el licenciado D. Pedro Alejandrino de Castilla y Alarcón, hijo del Valle[4]”. Dicha fecha vendría a ser pues, la más antigua en que se le registra. Una hipótesis reciente supone la fecha de edificación de la ermita a finales del siglo XVII, aproximadamente entre 1675 y 1698.

Se sabe que la pacificación definitiva de los tupes ocurrió en 1609 comandada por el capitán español Cristóbal de Almonacid[5]. Una vez concluida se puso en marcha un ambicioso proceso de evangelización cuyo fracaso se hizo patente alrededor de 1622, cuando comienza la depopulación de la encomienda de Tupes.

Más adelante, el padre Silvestre de Lavata y otros misioneros capuchinos, agruparon a los nativos y repoblaron el pueblo de Los Tupes, aproximadamente entre 1737 y 1740.

Haciendo a un lado los datos históricos y examinando los elementos formales, cuando se compara a la ermita de Santa Ana de los Tupes con ermitas contemporáneas entre sí como Santa Lucía de Valencia de Jesús o San Antonio de Badillo, ambas posteriores a 1700, se verifica que las últimas poseen una arquitectura mucho más monumental y elaborada, con presencia de abundantes rasgos decorativos.

En efecto, la ermita de Santa Ana de los Tupes se distingue por su arquitectura sobria, con elementos formales bastante sencillos, lo cual permite suponer que no es cercana en el tiempo a las otras ermitas, más ricas en su estructura arquitectónica.

Por tanto, debió ser construida en un período anterior a 1700, en el que las construcciones eran todavía incipientes, bien por la carencia de materiales, bien porque los estilos arquitectónicos no habían influido aún en las edificaciones.

De cualquier modo, los argumentos expuestos son suficientes y ameritan la valoración de la ermita como referente de la identidad e idiosincrasia local. Es de esperarse que una vez el Alcalde remita el documento al Concejo Municipal, éste emita un concepto favorable para la declaratoria. Tal evento sería el primer logro concreto del Centro de Memoria, creado por el Ministerio de Cultura en San Diego de las Flores en el año 2009, como parte del Programa Nacional de Centros de Memoria, dentro de las celebraciones por el Bicentenario.

Es preciso resaltar el interés y acompañamiento de entidades como la Fundación AVIVA y la Academia de Historia del Cesar, que interpretando la norma y el sentir de una colectividad interesada en la conservación y salvaguarda de nuestras expresiones culturales, buscan cumplir con su deber institucional de trabajar por la protección y conservación del patrimonio cultural, tal como lo establecen la Constitución Nacional y la Ley General de Cultura.

Adicionalmente, el artículo 4 de la Ley 1185 del 12 de marzo del 2008, por la cual se modifica y adiciona la Ley 397 de 1997 “Ley General de Cultura”, define que “El patrimonio cultural de la Nación está constituido por todos los bienes materiales, las manifestaciones inmateriales, los productos y las representaciones de la cultura que son expresión de la nacionalidad colombiana”.

Todas estas consideraciones motivan al Centro de Memoria, y a los actores que han expresado su intención de cooperar en la consecución de este objetivo, para generar procesos que permitan a la comunidad sandiegana, y en particular la de Los Tupes, la apropiación social de nuestro patrimonio.

 


[1] Datos históricos y culturales sobre las tribus de la antigua gobernación de Santa Marta. Banco de la República. Bogotá, 1951.

[2] DE LA ROSA, José Nicolás. Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la Ciudad y Provincia de Santa Marta. Barranquilla: Biblioteca Departamental del Atlántico, 1945. P. 270.

[3] GARCÍA BENÍTEZ, Luis. Reseña Histórica de los Obispos de Santa Marta. Bogotá: Academia Colombiana de Historia, 1953. P. 250.

[4] DE LA ROSA, José Nicolás. Op. Cit. P. 218.

[5] RESTREPO TIRADO, Ernesto. Historia de la Provincia de Santa Marta. T. I, P. 194.

 

ARMANDO ARZUAGA MURGAS

Golpe de ariete
Armando Arzuaga Murgas

Nacido en San Diego de las Flores-Cesar, 1982. Profesional en Lingüística y Literatura de la Universidad de Cartagena. Poeta, investigador y gestor cultural. Miembro del Café Literario de San Diego, y adscrito a la Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines-REDNEL. Tallerista sobre expresión oral y creación literaria. En el año 2010 ganó el Premio Departamental de Cuento Corto. Desde el 2009 es coordinador del Centro Municipal de Memoria de San Diego-CEMSA, entidad que impulsa la declaratoria de “Bien de Interés Cultural del ámbito local” a la Ermita de Santa Ana de los Tupes. Dicha gestión en defensa del Patrimonio Cultural lo llevó a integrarse a la Fundación Amigos del Viejo Valle de Upar-AVIVA, donde funge como secretario. Es columnista del periódico virtual Panorama Cultural y colaborador habitual de algunos medios locales.

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