Literatura

El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic

Luis Barros Pavajeau

16/05/2013 - 12:50

 

Slavenka DrakulicEn El sabor de un hombre, la escritora croata Slavenka Drakulic, relata las entrañas de un amor enfilado a la locura. A simple vista, la situación no tiene nada de especial; la locura y el amor casi siempre han andado de la mano. El suceso que hace inolvidable esta historia, es el desmembramiento de un amante. Teresa y José, ella de Polonia y él de Brasil, se conocen en una biblioteca donde ella “…perdía inmediatamente la inseguridad que el extranjero de Europa Oriental lleva consigo como equipaje cuando pone el pie en un sistema que no conoce”. Él tiene una beca para escribir sobre el libro de los sobrevivientes de los Andes en 1972 y ella, hace una tesis doctoral sobre literatura inglesa. Extranjeros en el extranjero, funden soledades en la ciudad de Nueva York.

Entre distintas significaciones, el amor también es eucaristía de los amantes. Xavier Léon- Dufuor en el Vocabulario de teología bíblica afirma que en el griego profano, eucaristía traduce gratitud, bendición y acción de gracias. Igualmente comida religiosa y sacramento de nutrición; “la eucaristía, instituida durante una comida, es un rito de nutrición. Desde los tiempos más remotos, particularmente en el mundo semita, reconoció el hombre a los alimentos un valor sagrado, debido a la munificencia de la divinidad y a su aptitud para procurar la vida. Pan, agua, vino, frutos, etc., son bienes sagrados por los que se bendice a Dios. La comida misma tiene valor religioso, pues la comida en común establece vínculos sagrados entre los comensales, y entre ellos y Dios.”  Pero Slavenka Drakulic se aparta de la sublimación ritual y perturba al lector cuando dirige su escritura sobre el sentido literal del acto, llevándolo al límite de su resistencia, porque Teresa transgrede el tabú de comer carne humana.

El sabor de un hombre es una novela sobre los sentidos. Al respecto, el escritor Michael Sims en El ombligo de Adán sostiene que “el cuerpo humano percibe el mundo mediante sus sentidos y no hay sentido sin contacto… A través del cuerpo, el mundo nos toca”.  Y eso es lo que hace Teresa con José; “… por un momento me asustó la precisión maniática con que lo separaba de las otras personas, el exclusivismo peligroso que sólo lo reconocía a él.” Así lo mira, lo huele, lo escucha y finalmente, lo traga. Ella hace posible el sueño de todo amante; unirse al otro para mudar en en un ser indisoluble. Antes del sacrificio a Teresa la seduce la idea de soñar “… con que un hombre en mi interior se transformara en mi propio hijo no nacido”.  Slavenka Drakulic confirma su destreza para sumergirse en las honduras del ser humano. El personaje de Teresa es contundente porque caminando por el filo de la lucidez y el delirio, emprende un viaje sin retorno en la búsqueda de sí misma, sin ningún tipo de arrepentimientos. La convicción en su ritual es inquebrantable. Esta inefabilidad se insinúa en Teresa cuando piensa “que el sueño es un estado mortalmente peligroso”. Sobre todo para ella que es una calculadora nata… El sueño es abandono, entrega incondicional, indefensión.

El sabor de un hombre también es una historia sobre el erotismo y el hambre. Es magnífica la gula de Teresa, “… mis dedos se derretían en su boca y se convertían en comida deslizándose por la garganta que tragaba con glotonería.” El placer es fisiológico; “...hambre del otro, unidos hasta los huesos, él me traga, él me absorbe, toda yo estoy en su boca como si fuera un bocado, imaginé que era un trozo de asado y clavé los dientes. Mordí su hombro.” Michael Sims afirma que “en muchas de las tribus más recónditas del mundo, el verbo besar también significa oler… Algunos antropólogos y psicólogos proponen que el beso evolucionó a partir de la alimentación boca a boca del niño por la madre”. Este amor se deleita en la corporalidad de la muerte, en el instinto de nuestra especie animal, por eso abunda en vísceras, en miembros, en órganos desparramados. La locura tiene ante sus ojos un festín. La pasión de Teresa y José no llega por el lenguaje, se gesta por los sentidos. En El ombligo de Adán, en el capítulo intitulado La sonrisa arcaica, la primatóloga británica Carole Jahme sostiene que “el beso y el acto  sexual son anteriores al lenguaje.  No precisan del lenguaje para realizarse; en realidad, hablar es superfluo.”  Los amantes están excluidos de sus lenguajes originarios. El inglés que usan como puente, les reafirma que viven en un país extraño. La salida a la incomunicación es instintiva, nuestras palabras envueltas en piel, sostiene Teresa. Y mediante la piel inventan un lenguaje sin fronteras.

Teresa no es solo una mantis religiosa devorando al macho en la cópula sexual.  Ella afirma que cuando prueba a José, se embriaga de su poderío. Entonces piensa que “el amor otorga a uno el poder absoluto sobre otro ser humano.” Adquiridas las cualidades del amante, ella confirma su existencia. Si no fuera así, correría el riesgo de extraviar el cuerpo como lo hizo antes, en la torpeza de otros hombres. Consumado el ritual, su éxtasis es mayúsculo. No son exageraciones de Teresa. Al fin y al cabo, el verbo hecho carne empieza a resucitarla del olvido.

 

Luis Barros Pavajeau

1 Comentarios


Berta Lucía Estrada 29-07-2017 08:45 AM

No conocía esta autora y la reseña invita a leer su libro; así que voy a buscarlo. Gracias, Berta Lucia Estrada

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