Sandra Eugenia Padilla Preston

A orillas del mar Caribe, en la ciudad de Cartagena de Indias, nació y se formó académicamente. Estudió un doctorado en medicina porque le tocó y era lo que sus padres y las personas cercanas esperaban de una niña que se graduó de la secundaria a los 14 años y que siempre fue la mejor en todo. Era algo que Sandra Eugenia Padilla Preston tenía que hacer aunque no era lo que le gustaba, algo que le debía a su familia pero no a ella; razón por la que más adelante estudió música, literatura y teatro, sus pasiones verdaderas.

Aprendió a escribir a los tres años, a los cuatro dio su primer concierto de piano, a los cinco escribió su primer cuento y a los siete dirigió su primer coro.  Todo esto con las mejores críticas y comentarios. ¡En verdad, una niña prodigio!

La maestra Sandra asegura que sus talentos musicales y literarios se deben a que aprendió a leer temprano y por supuesto, a la confianza que su mamá depositó en ella pero más a la obstinación por enseñarla a leer y a escribir, ya que en ningún colegio de Barranquilla la quisieron recibir. “Sandra Eugenia puede” decía la insistente madre.

Y pudo. Pudo tanto y más de lo que su madre y ella misma hubieran imaginado cuando la pequeña Sandra empezaba a dar muestras de sus grandes y valiosas capacidades en la literatura y en la enseñanza de la música lírica. Como cuando fue directora de la sección de música del Instituto Musical de Cartagena, desde donde impulsó la creación de varios coros institucionales ofreciendo innumerables conciertos y especialmente, cuando pudo crear el grupo músico vocal Quinteto Obertura.

Con 32 años llega en 1993 a Valledupar. Una ciudad que a primera vista le agradó porque era la única de la costa donde los teléfonos públicos eran gratis y  tenían los números en alto relieve en sus teclas; donde la mayoría de los edificios y andenes contaban con rampas para los minusválidos como se autodenomina y donde al momento de hacer una fila siempre la dejan pasar adelante. Tal vez presagiando y familiarizándose con lo que más tarde la ataxia cerebelosa que padece le sentenciaría a vivir.

A su llegada, se empieza a gestar un movimiento coral en esta ciudad acostumbrada mayormente al sonido de los acordeones. Logró consolidar un coro de adultos y uno infantil en los diez años que su academia estuvo abierta. Esa misma a la que primero llamó ‘Taller de arte’ y que posteriormente se conocería como ‘Taller de arte Sandra Padilla’ porque la gente la buscaba a ella. Ahí formó a cientos de vallenatos y extranjeros que llegaban de países como Estados Unidos y Canadá a estudiar con la “maestra Sandra”; una mujer de presencia física minúscula pero de carácter enérgico y con un maravilloso criterio musical.

Con palabras cargadas de nostalgia recuerda el momento del inicio de su trabajo en Valledupar.  “Cuando reuní a la gente y les pude quitar el hablaito y el cantaito vallenato; los puse a cantar música clásica pero había más coro que público porque en el coro eran 20 personas y el público era una sola”.

En ese primer concierto realizado en el auditorio de la casa de la cultura ‘Cecilia Caballero de López’, cuando el coro interpretaba la segunda obra, el único espectador que tenía interrumpe la presentación con un alarido: “Ay no, esta gente me está volviendo loco. Esto es espantoso”, recuerda claramente la maestra porque estaban cantando en latín y el desprevenido señor no entendía, por lo cual no tuvo más remedio que levantarse e irse lanzando injurias.

Lanzamiento de ‘'El señor de Tundama" de Sandra Padilla Justo en ese momento, Sandra Padilla supo lo difícil que sería desarrollar su pasión en esta tierra, más cuando ella venía de una ciudad donde su arte era valorado y llenaba auditorios. Pero no pasó mucho tiempo cuando la gente y los músicos empezaron a reconocerle su trabajo, ya no solo llenaba los auditorios sino que tenía que hacer dos y tres funciones porque la gente no cabía. De aquel tiempo solo quedan grandes recuerdos y algunas amistades que están pendientes de ella.

En la actualidad, es la literatura la pasión a la que más más tiempo dedica. Una pasión que la ha acompañado desde niña y en la que por supuesto, también se ha destacado.  Ni la ceguera progresiva que terminó por arrebatarle por completo la vista la ha apartado de ella. Con un lector que tiene instalado en su computadora, se las ha ingeniado para mantener su mente activa e informada.

El software le lee los textos, mientras ella va guardando la información en su mente. Se entretiene escuchando unas películas para ciegos que su hijo le regaló, las  cuales cataloga de “chéveres” porque son similares a las radionovelas que se emitían con tanto éxito en la década de los 60 en Colombia por Todelar.

A propósito de su dedicación a la literatura, el miércoles 24 de agosto Sandra Padilla Preston realizó en el auditorio 'Leandro Díaz' de la Cámara de Comercio de Valledupar, el  lanzamiento de su libro ‘'El señor de Tundama'; una obra dedicada a las leyendas y al esplendor de los indígenas Muiscas, respaldada por la editorial portuguesa Chiado. Próximamente el libro será presentado en Santa Marta y Cartagena.

“Cuando oigo hablar de grandeza en otras partes pienso que aquí en Colombia también hubo grandeza, que hay que mostrarla, darla a conocer y la más grande para mí fue el imperio Muisca, asentada en Cundinamarca y Boyacá”, dice Sandra.

Hace más de veinte años inició la investigación del libro que inicialmente estuvo enfocada a las comunidades indígenas de la costa, Arhuacos y los Kankuamos y los Koguis pero por estas de la misma familia chibcha que los Muiscas, Sandra encontró más leyendas sobre la cultura indígena que habita el altiplano cundiboyacense; atrayéndole principalmente la Leyenda del Dorado Muisca.

En una velada pasada por lluvia contó detalles de su libro, bromeó y dejó al descubierto que la enfermedad pudo haberle robado parte de la movilidad de su cuerpo pero que su discernimiento, sabiduría y humildad siguen intactos. Ahí estuvo muy bien puesta toda la noche, lucida y siendo el centro de atención y de agradecimiento de esos amigos y alumnos que la acompañaron, aquellos que siempre la han considerado un referente del canto lirico en Valledupar.

Al igual que sus estudios de medicina, irse de Valledupar también fue algo que hizo porque le tocó, porque ya no tenía quien cuidara de ella permanentemente. Esta es una tierra que extraña desde el mismo momento que viajó a Santa Marta, lugar donde reside con su hija pero allá se siente sola porque es una ciudad donde no le “paran bolas” a los minusválidos y no tiene a su coro para que cante los arreglos que hace ni tiene dónde montar las comedias musicales que escribe.

Aún tiene muchas cosas en su cabeza y le entristece que se queden allí. Por ello piensa volver en diciembre a presentar un concierto con Schola Cantorum donde reunirá a integrantes y ex – integrantes del coro. Un concierto sin precedentes que quiere ofrecer a su entrañable público vallenato en asocio con la Filarmónica del Cesar.

Expresa no estar agotada de la vida pero sí teme que las personas a su alrededor se cansen de cuidarla. Le avergüenza que otras personas hagan tanto por ella. Es incapaz de someter a alguien a renunciar a su propia vida por vivir la de ella, debido a que ella no puede ni comer sin ayuda. Ni siquiera un tratamiento médico puede revertir los daños causados por la enfermedad debido a que no tiene cura. En el momento solo puede auto medicarse una pastilla para hablar y poder comunicarse con el mundo, para dejar salir todo lo que tiene en su interior.  

Ya no podrá vérsele bailar y caminar por el Valle como cuando pisó sus calles por primera vez porque la implacable ataxia cerebelosa no le da tregua. Sin embargo, Sandra Eugenia Padilla Preston tiene todavía mucho que aportarle al arte y a la cultura del caribe colombiano. Sus capacidades son excelsas, puras y genuinas,  y lejos de un sentimiento lastimero lo que ha dado hasta el momento al arte, que ha sido su vida entera tiene méritos suficientes para ser valorada, recordada, querida y admirada por la presente y por diez generaciones más.

 

Samny Sarabia

@SarabiaSamny 

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