Literatura
El monstruo que habita en mi casa

Había experimentado el miedo y el dolor de muchas formas antes, creyendo en ese momento que nada podría superarlo. Hasta que el verdadero miedo lo descubrí un día en su forma más aterradora: un monstruo que no acechaba en la oscuridad ni se escondía en la incertidumbre. No. vivía conmigo, respiraba el mismo aire y ocupaba cada rincón de mi casa.
No había un día en el que no lo encontrara entre los gritos y las amenazas, como si de un desconocido se tratara. Me aferraba a la idea de que si cerraba los ojos y luego los abría, el monstruo un día desaparecería, pero tal era mi sorpresa que, cuando los abría, lejos de desvanecerse, más grande y fuerte parecía.
Encontró el momento perfecto, justo cuando la vulnerabilidad era mayor. En medio del dolor sus palabras eran como cuchillos filosos que atravesaban mi corazón. En realidad, parecía disfrutarlo, como si el sufrimiento ajeno fuese parte de un juego perverso. En medio de mi dolor, clamé a Dios pidiendo que el monstruo se fuera y cuando vi que no daba resultados, entonces pedí que fuera a mí a quien desapareciera.
Aquel día, con la casa vacía de testigos, el monstruo se paseaba con desdén llenándolo todo con su furia, su voz retumbaba en las paredes con más fuerza que nunca, y el miedo se volvió insoportable. Refugiada en mi habitación, me acosté en la cama, y traté de acallar el estruendo de sus palabras colocando una almohada sobre mi cara. Pensé en ese momento que era la única forma en la que el miedo desaparecería. El tiempo pareció detenerse, y el aire comenzó a faltar… hasta que una pequeña voz al otro lado de la puerta rompió el trance. Un llamado inocente, una súplica frágil, que decía, -tía, estoy aquí-.
Aquel día, el monstruo casi me había arrancado la vida, y al mismo tiempo, por medio de su propio fruto, me recordó porque debía seguir.
Nada fue igual desde entonces. El monstruo seguía en casa, pero la víctima se había quedado en aquel trance con la almohada, ya no era la misma. No huí de él, pero decidí que su sombra no marcaria mas mi destino. Así que un día comunique mi decisión: me iría. Entre lágrimas y con todas mis razones expuestas un día me fui y el monstruo ya no me acechaba.
Regresé varias veces a casa, y el monstruo aún estaba allí, pero ya no sentía miedo, ya no me aterrorizaba, sus gritos eran solo ecos, sus amenazas se desvanecían antes de tocarme. El monstruo que habitaba en mi casa no se había marchado, pero yo si había cambiado.
Al final, debo darle las gracias al monstruo que habitaba mi casa, porque sin vivir en la oscuridad donde él me llevó, yo no habría podido descubrir el brillo que habita en mi interior. El monstruo me enseñó a ser fuerte, resiliente, valiente, determinada e independiente, me mostró una versión de mí misma que no conocía, una fuerza dentro de mí que no reconocía.
Con el tiempo, mi casa dejó de ser un campo de batallas para mí. Aprendí, que no se trata de huir de los monstruos, sino de enfrentarlos hasta que dejen de tener poder sobre uno. Dejé entonces de intentar cerrar y abrir los ojos esperando que un día simplemente desapareciera, porque entendí que el miedo no se disuelve con magia, si no con la decisión de no tirar la toalla y avanzar.
Con el tiempo, ocurrió lo impensable. Un día en una de mis visitas y con testigos en casa, el monstruo se sentó frente a mí. Esta vez no había gritos, ni espadas, todo estaba en calma, solo un silencio pesado, diferente a los de antes. Sus ojos, que tantas veces reflejaron ira, ahora reflejaban algo distinto, culpa, remordimiento, un poco de nostalgia que los humedecía. parecía frágil y asustado y cuando por fin habló, no hubo amenazas ni sentencias.
-“Perdón”-
Esa única palabra lo cambio todo. Fue como un eco de algo que nunca imagine escuchar. Después de tantas conversaciones con Dios en la intimidad pidiéndole por mi verdugo, aun algo dentro de mi se resistía a creerlo, pero ahí estaba, el monstruo estaba soltando sus armas.
Ese día no hubo revancha ni resentimiento. No hubo cicatrices reclamando venganza. Ese día mire a quien algún día me aterrorizó, y en un impulso que no planee, lo abracé. Ese día algo increíble sucedió, fue el día en el que monstruo de mi casa se marchó.
Keilys Rosellón Guerra





