Literatura
El viejo Nim

Ayer cuando salí a dar mi acostumbrado paseo por el bolsillo después de la cirugía de vesícula, en busca de recuperar mi color normal gracias a los saludables rayos de las ocho y media de la mañana, pude advertir que los días del verde árbol de Nim estaban contados.
Sus ramas frondosas y su figura imponente le dieron el título del árbol más hermoso de toda la cuadra y sus alrededores. Durante mucho tiempo fue el orgullo de todos nosotros pues la sombra debajo del árbol se convirtió en el espacio propicio para las charlas de las muchachas de servicio de las casa vecinas; el lugar ideal para disfrutar las brisas de la tarde en las mecedoras de mamá y recibir las visitas familiares mientras el poderoso sol de la tarde calentaba el pavimento; también en el parqueadero disputado para estacionar los carros de desconocidos y en el florero de Llorente para iniciar las disputas dominicales entre el viejo Toño; las Herrera y sus acérrimos enemigos los evangélicos de la iglesia de Boston, quienes religiosamente acudían las mañanas de los domingos a culto. Los primeros en llegar aprovechaban la seguridad del bolsillo, el silencio de la mañana y dejaban sus vehículos estacionados frente a mi casa en el espacio sombreado hasta el mediodía.
Los años pasaron y fueron muchos los pesos que hubo que pagar a los podadores de Santa María o a los de San Camilo para que achicaran las enormes ramas. De un momento a otro comenzaron los improperios para nuestro árbol: las dueñas de las casas vecinas opinaban que el árbol botaba demasiadas hojas y exigía la barrida de terrazas dos veces al día. Las sirvientas lo odiaban, iban llegando nuevas y no se les permitían diálogos debajo del árbol para evitar tanto chisme. Los Mercado, los negros ricos que compraron la casa de al lado y que de llegada nos declararon la guerra por ser cachacos racistas, según ellos les cantábamos con frecuencia “Nosotros somos los negros que venimos de Barranquilla, sin saber que procedíamos de Río de Oro Cesar un municipio en el que año tras año se celebra una tradicional matanza del tigre cuyos protagonistas son blancos pintados de negro y que cantan dicho estribillo”; pues bien los Mercados se lo tomaron muy en serio y desde aquel entonces manifestaron abiertamente que el árbol debería ser cortado porque les tapaba la vista de su balcón y ensuciaba con sus hojas su jardín caribeño.
La vieja Nubia, la vecina a quien nadie quería por sus constantes rabietas porque los mojoncitos del señor Dior, el perrito chanda pincher de la Mayo, y de Cielo, la french poodle de Alcira, siempre aparecían justo frente a su puerta, amenazó con demandarnos si no cortábamos el Nim pues los carros de sus hijos se averiaban cada vez que pasaban por el pavimento que las raíces habían levantado. Las Herrera, las guapachosas de la cuadra, se tornaban iracundas en contra del Nim cada vez que en al fondo del bolsillo los Yepes celebraban en grande las fiestas de La Virgen del Carmen y ellas no podían chismosear nada desde el segundo piso. Hasta mi mamá la emprendió contra el árbol argumentando que sus raíces le tenían destrozado el piso de su terraza, la excesiva sombra no dejaba florecer sus veraneras, no soportaba tantas quejas de las vecinas y, al igual que aquellas, no podía enterarse de lo que ocurría al frente, en la casa de la vieja Olga, su amiga más cercana y la más identificada con sus raíces de pueblo.
El viejo Nim era el motel preferido de las ardillas de las Delicias, Boston y el Recreo. Después de corretear a las hembras por las intrincadas redes del alumbrado público, los machos en manada armaban su ritual de apareamiento sobre las mullidas ramas. En cierta forma, ha sido culpable de la proliferación de estos pillos que son el dolor de cabeza para el viejo Iván que tanto cuida sus nísperos y para Alcira y sus mangos de azúcar.
Las ardillas también terminaron por desterrar a las mirlas catanas que anidaban frecuentemente en el viejo árbol y despertaban todas las mañanas a los habitantes del bolsillo con sus trinos incansables. Nunca fueron aliadas de Apolo, el gato de las Cuquitas, las hijas de Cuco, quien terminó por extinguir de las ramas del Nim a las amorosas palomitas con sus nidos, huevos y pichones y al igual que las ardillas escogió sus ramas para sus encuentros sexuales y bulliciosos que impacientaban hasta el borde de la locura a la hermana Ítala, la apaga incendios del bolsillo.
Quien plantó el Nim fue el esposo de mi hermana, por orden directa de ella, bajo el argumento que toda casa que se respete en la costa debería tener su propio árbol. En sus inicios era un espécimen de una sola rama larga y delgada que mi mamá solía comparar con la figura de mi cuñado alemán. Con el tiempo argumentaría que Billi, su yerno, no le había hecho ningún favor sembrando ese palo; así lo llamamos todos en la casa: el palo.
Los que más disfrutaron en su esplendor el palo de mi casa fueron Leandro y Luciana, mi nieto y mi sobrina; se deleitaban meciéndose en el columpio que algunas veces amarré en sus ramas durante sus primeros años. Bajo su sombra jugaron con arena y agua, sembraron semillas de fríjoles y se emocionaban demasiado al ver crecer las plántulas al igual que cada vez que brotaban retoños de las raíces del Nim y por supuesto sus airadas reacciones en contra de la abuela, mi mamá, cuando ésta echaba agua caliente sobre los retoños. Ella, a toda costa no quería más problemas provenientes del palo y por eso lo dejaba sin beber una sola gota de agua cuando regaba sus veraneras, su coral rosado y su prado de maní forrajero. El Nim debía esperar a que llegaran los torrenciales aguaceros de los meses de invierno para no morir de sed. Estaba condenado a vivir en el sector más despreciable de la terraza: arena seca, sin plantas que lo adornaran y el territorio escogido para los excrementos diarios de los tres perros de la Vieja Estela. Mamá solía decir que era la sombra del palo que no dejaba crecer nada bueno alrededor y que echarle agua sería incrementar su longevidad fastidiosa.
Fueron muchas las discusiones en casa por el tema del árbol, pero mi hermana siempre les ponía fin a todas con una frase muy suya " sobre mi cadáver se corta el palo", cogía su bolso de marca Coco Chanel y se marchaba con su elegancia de siembre y su ceja izquierda levantada. El Viejo Toño y la vieja Ilva, mis papas, siempre quedaban estresados sin saber qué hacer con el futuro del Nim y furiosos con las disposiciones de Norle. Mi hermana y yo éramos los únicos que defendíamos a capa y espada al viejo árbol. Pero la advertencia de mamá tarde o temprano se iba a hacer realidad. Después de haber intentado varios métodos de arboricidio como echarle frecuentemente agua caliente con sal hirviendo a sus raíces, mandarlo a podar sin dejarle una sola hoja y quejarse todos los días de su existencia decidió con machete en mano, acceder a las malévolas intenciones de un podador de turno, quien la convenció de arrancarle la corteza a la parte más baja del tronco.
Pasaron tres meses y de sus cicatrices comenzaron a brotar unas enormes lágrimas viscosas que en su descenso arrasaban con las hormigas y las dejaban prisioneras en un pequeño mundo pegajoso. Y de un momento a otro, los hermosos verdes de sus hojas, propias de la paleta del más experimentado pintor naturalista, se tornaron amarillas. Ahora el viejo árbol parecía estar sufriendo de ictericia. Su muerte sería inminente.
Los residentes de la cuadra comenzaron a notar su venganza silenciosa pues las inquietas mariposas amarillas que de manera inesperada llegaron una tarde de enero de intensa brisa, no eran más que cientos de hojas arrancadas del árbol y que en su descenso circular fueron a parar a los techos, a las cuartos y sábanas de los segundos pisos, a las poltronas y alfombras de las salas, a las ollas abiertas con almuerzo a bordo, a todas las relucientes terrazas y por supuesto a todo el bolsillo. El trabajo para las aseadoras se volvió inaguantable y las ventanas y puertas desde aquel día permanecen cerradas, haciendo el calor de verano más insoportable.
Aún faltan quince días o quizás más para regresar al pueblo, tiempo que aprovecho para compartir con mamá y papá el tema del palo y su muerte segura. Me dejo envolver en sus acalorados discursos: papá insiste en la culpabilidad de la abuela; se queda observando con tristeza, a través del ventanal de vidrio, como siguen cayendo y cayendo las hojas amarillas del Nim; se apresura a degustar una taza de café caliente con un pedazo de queso campesino sumergido, un manjar de la curiosa gastronomía de sus orígenes. Sorbe a prisa el contenido de la taza, muerde el queso y el restante lo deposita en la taza de mamá como un gesto de amor inconsciente. "Me voy" dice. No sin antes manifestar su intención de echarle ACPM al tronco del árbol. Mi mama y yo nos oponemos, entonces se levanta del sofá peina su cabello engominado, ajusta su correa, ubica su agenda debajo de la axila izquierda, embolsilla sus gafas, echa candado a la reja, se santigua, pasa la segunda reja y la ajusta, se detiene bajo el Nim, lo mira con desesperanza, vuelve a hacerse la señal de la cruz y se aleja con paso ligero seguro de cerrar un negocio de venta de una casa en el barrio La Cumbre.
Mamá me manifiesta que no le gusta que la culpen del final del palo, ella solo fue llenándose de argumentos para tomar la mejor decisión. En medio del sopor de la tarde y dejándose abanicar por la brisa repelente que alborota los velos de la ventana, comienza a devolverse en el tiempo y a encontrar justificación a su proceder. La vieja Carmen, la vecina que nos tildaba de cachacos racistas, le contó una vez que un conocido suyo tomó en arriendo una casa en el barrio Las Nieves y le dio por sembrar un árbol de Nim en el frente que creció en un abrir y cerrar de ojos; después que se volvió a mudar lo demandaron los dueños porque las raíces habían alcanzado la sala y las baldosas estaban levantadas y por entre ellas se asomaban varios arbolitos de Nim.
Comentó también que la hermana Nig, una cristiana evangélica amiga de la tía Yesenia, el DAMAD le cobró una multa de quinientos mil pesos por haber cortado el frondoso árbol de Nim que había en su casa. Ella desesperada lo mandó a talar pues las raíces alcanzaron los cuatro inodoros de su casa y daba miedo ver como se asomaban en las tazas cada vez que iban al baño a dejar sus miserias humanas.
Mencionó también que en una tarde con olor a cocadas de ajonjolí una negra palenquera le ofreció sus manjares y aprovechó para arrancar y masticar unas cuantas hojas de Nim, argumentando que eran buenísimas para la presión y las tragaba a diario después de recorrer quince barrios vendiendo sus dulces. Mi mamá recordó el consejo y un día en que se le subió el azúcar después de tomarse a tiro el contenido de una botella de coca cola preparó una infusión con cuatro hojas de Nim, su presión se vino al piso y la encontraron semidesmayada en el sofá de la sala. Otro ingrediente más para aumentar su antipatía por el Nim.
Recordó además que una mañana cualquiera, mientras barría la terraza se le acercó un tipo cincuentón, flaco y moreno que le puso conversa y el tema principal fue la inconciencia de la gente de la ciudad al sembrar esa especie que dañaba los pisos y sus raíces invadían hasta las tuberías. Le ofreció sus servicios prometiéndole que él le daría la solución a ese dolor de cabeza. Fue entonces tal su desesperación que aceptó pagarle seis mil pesos, le prestó un machete que guarda mi papá para podar él mismo el palo y por si acaso se presentase algún día un ladrón. Pues bien, el arboricida comenzó por machetear la parte más baja del tronco hasta alcanzar una altura de veinte centímetros; mi mamá se ausentó por un momento, fue a buscarle un vaso con agua y a su regreso la herida del árbol superaba el metro de altura. Una extraña sensación de culpabilidad la llenó, pero ya no había nada que hacer. Le pagó y mientras se guardaba los tres billetes de dos mil el hombre le manifestó que para un efecto más rápido le aplicara aceite quemado de carro. Nunca estuvo de acuerdo con lo del engrudo y dejó que el tiempo definiera el futuro del Nim.
Yo la escuchaba en silencio tratando de entender su proceder, entonces con sus pequeños ojos fijos en el árbol, que estoy seguro no podía verlo vestido de amarillo por su glaucoma avanzado, lo imaginó en todo su esplendor como una frondosa cabellera rizada en tonos verdes y comenzó a cantar con su desgastada pero aún hermosa voz una canción que jamás había escuchado en su infinito repertorio. La grabé en mi celular por supuesto y sus versos hablaban de un respeto por el árbol, entonces entendí lo mal que se sentía. Transcribí la canción y me prometí plantar al menos otro Nim antes de envejecer en mi pueblo natal.
Fue muy peculiar aquella letra: El árbol es un símbolo, su altivo tronco encierra la casa, el lecho, el trono, la cuna y el ataúd. Y de su propia entraña cual áncora sublime brotó divinas manos la redentora cruz...Niños amad al árbol que es fuerza y armonía, es un bello gigante que ríe bajo el sol, con sus abiertas manos en la mitad del día palpita entre los vientos con musical temblor. Prodigiosa memoria la de mamá; tarareó en esos momentos el Himno al árbol que lo aprendió cuando niña en la escuela integrada del pueblo.
Estuve tratando de asimilar la tragedia de nuestro Nim que parecía irreversible, mientras tanto la tarde fue cayendo y mamá que esperaba el regreso de papá se dedicó a barrer la terraza recogiendo cientos de pequeñas hojas amarillas que no dejaban de caer del viejo Nim como si fueran sus lágrimas. Aún le quedaban varios días de llanto. Su tarea se vio interrumpida por la llegada de papá quien no pudo realizar su venta en el barrio La Cumbre pero traía unos apuntes en su agenda que quería compartir con mamá, en su semblante se notaba que era una gran noticia… buscó en las curtidas hojas y encontró los apuntes que había tomado esa misma tarde y que venía de un experto botánico que cuida de la flora del parque en el famoso barrio La Cumbre; según el biólogo el Nim o Neem, nombre científico Azadirachta índica, es originario de la India y de Birmania, se cultiva en Asia, África, América, Australia y las islas sur del Pacífico; conocido por sus inmejorables cualidades de insecticida vegetal, alimento para las vacas, remedio contra las garrapatas de los perros, abono para las matas y como medicamentos para los humanos para combatir las enfermedades cardiovasculares, la lepra, el mal de articulaciones, las bajas de defensa, las gripas, y la presión arterial. Mi mamá lo frenó en seco; suficiente, le dijo. A convencer a otro pendejo y lo dejó plantado en la mesa del comedor y fue a continuar barriendo la terraza.
Hoy es un nuevo día, escucho la algarabía de un nuevo podador de árboles en la terraza ofreciendo cortar lo que queda del Nim por quince mil pesos. Es un negro fornido de un metro ochenta de estatura armado con un machete filoso de setenta centímetros; con una sonrisa amplia y blanca que promociona su buen servicio. Mi mamá accede de inmediato y en menos de media hora el viejo Nim es despojado de lo poco que quedaba en su enramada. Terminado el trabajo del podador, mamá le ofrece una jarra de agua; mis papás le indican que están inconformes con toda la basura que les dejó en la terraza a lo que el negro, después de vaciar la jarra, responde “No se preocupen tíos que el carro de la basura se lleva todo eso y el viernes regreso con la motosierra para culminar mi trabajo y les cobro solo diez mil pesitos”.
Miré lo que quedaba del Nim y me pareció un ser desnudo extendiendo sus brazos al cielo como suplicando clemencia. Debo irme de regreso al pueblo y estoy seguro de que cuando vuelva ya el Nim se habrá ido para siempre, así como se fue Euclides, el viejo Cortés y su hija, el viejo Terapia, Chachá, la Vieja Coti, Toña la Flor de Bolivia, la Vieja Petra, Gaspar, Sonia la pochechita, la Vieja Olga y otros más...
Yesid Fernando Ramírez González






