Literatura
Solita

Casi que en fila india avanzábamos a prisa, esquivando los barrancos y los terrones de cascajo para no quedarnos atrás e ir al paso de la abuela que se conocía de memoria la cuesta de Flores Negras, el camino obligado para llegar de Jerusalén a las Maciegas y enfrentarnos a la adrenalina de cruzar Las Chorreras.
La abuela en la orilla del río se descalzaba, yo cogía sus zapatos mientras me encaramaba en sus espaldas y, con mis escasos seis años, procuraba agarrarme fuerte para no caer a las rápidas y frías aguas; luego ella cargaba en su brazo derecho a Meibis, la última hija de los doce que había parido y con su brazo izquierdo a “Solita”; sin titubear cruzaba rauda hasta la otra orilla pero sin dejar de observar con angustia a sus otros hijos y nietos, jóvenes y pequeños, que con gran agilidad saltaban de peña en peña sin siquiera mojar sus cotizas, sus zapaticos o pies descalzos, para ellos era una absoluta aventura ver cómo uno a uno se enfrentaban al mortal saltadero de Las Chorreras superado solo por los hombres jóvenes y por las mujeres más arriesgadas del pueblo.
Ante la proeza del salto era imposible no volver la mirada al lecho del río que se precipitaba vertiginosamente por entre las dos peñas más grandes cayendo en medio de espumas blancas dando paso a la frenética danza de las incontables “piponas” que parecieran competir por superar la fuerza de la corriente y poder desovar en un lugar más apacible y seguro río arriba. Mientras tanto, y desde mi seguro transporte, yo iba escudriñando el lecho transparente del río con mis ojos de niño y me admiraba con cada corroncho que escapaba por entre las pisadas de la abuela o por las lampreas y aguagatos que se escondía entre los juncos de la orilla fangosa o por las arañitas de río que parecían jugar entre ellas y corrían a prisa por encima del agua sin hundirse.
Ya del otro lado ascendíamos por una corta pero empinada cuesta hasta alcanzar la carretera; solo allí la abuela se despojaba de su pesada carga y, nuevamente en fila india pero ordenada del más chico al más grande, continuábamos el vespertino recorrido al borde de la carretera con destino a la casa de Tilcia Manosalva la prima hermana de la abuela a quien frecuentábamos mucho invitados a comer pescado que el marido Salvador Barbosa traía desde Loma de Corredor para vender al por mayor en Ocaña. De aquellas delicias del Río Magdalena en las que primaban los bagres y los bocachicos salados acompañados de arepa o yuca y café caliente, ninguno de nosotros aceptábamos desprendernos, por eso más que suplicarle le llorábamos cada uno por separado a la abuela para que nos llevara, al final aceptaba y a regañadientes terminaba llevándonos a todos. Incluso “Solita” nunca estuvo dispuesta a perderse tales manjares; por eso apenas la abuela se ajustaba la peineta, se echaba polvo en los cachetes y anunciaba el acostumbrado paseo ella corría por el corredor, saltaba entre las matas de malanga, entraba y salía de la cocina, corría hasta la casa vieja daba la vuelta, salía y entraba al dormitorio de la casa nueva, volvía a salir e iba y le ladraba y agitaba a las chivas en la pesebrera, perseguía a las gallinas hasta hacerlas volar al patio de Adela, en fin, formaba un alboroto y era la primera en encabezar la fila rumbo a la casa de Tilcia, la que hoy es la casa de la familia Casadiegos Osorio.
Una vez allá, en medio de saludos, abrazos de bienvenida, ladridos y confusión, su condición de pequeña hembra le aseguraba un tratamiento especial por parte “Caronte” y “Chocolate”, los perros de los anfitriones. Aquellos la dejaban comer y saborear las mejores presas, ellos comían cuando ella se retiraba a descansar al lado del pilón y cobijada por el alero del corredor en redondo desde donde se divisaba el cerro de las brujas, su sitio preferido para ir a jugar con nosotros detrás del Tanque.
Aquella tarde, cuando ya habíamos pasado frente al recién fundado colegio Alfonso López y pretendíamos cruzar la carretera, “Solita”, quien ya olfateaba el embriagante olor del pescado asado en carbones de leña, apresuró su paso y cruzó sin advertir el Coopetrán que venía de Ocaña y se dirigía a Aguachica. No escuchó el llamado de la abuela ni el de cada uno de nosotros. El gigantesco bus continuó su marcha, el conductor tal vez ni se enteró, el tiempo se detuvo, la brisa despeinaba la escasa cabellera de la abuela, su rostro empalideció; todos observamos estáticos a “Solita” intacta en medio de la carretera, sin rastro de sangre en el pavimento, parecía que se hubiese dormido plácidamente ante la tibieza del viento aprisionado debajo del bus, sus patas delanteras estaban sobre sus orejas como protegiéndola del ruido ensordecedor del motor, entonces se escuchó la voz firme de la abuela:
––Todos quietos.
Acatamos la orden de inmediato. La abuela sola atravesó el tramo, tomó en sus brazos a “Solita”, la acarició, buscó ansiosa las heridas, pero no las halló, puso una mano sobre el pecho y no sintió su corazón. ”Solita” se había quedado dormida para siempre. Las lágrimas en el rostro de la abuela confirmaron lo inevitable, con la voz quebrada dio otra orden:
––Nos vamos para la casa.
Reiniciamos el recorrido de vuelta, los nubarrones grises que bajaban de la cordillera pronto llegaron a las tierras de “Lola” Barbosa, y comenzaron a desgranarse de un momento a otro, la tarde se volvió oscura, cruzamos todos el río sin percatarnos de sus aguas frías, sin intuir que podría haber creciente, sin importar que las cotizas, los zapatos o los pies descalzos se mojaran, sin sentir siquiera el barro pegajoso de la cuesta de Las Maciegas y de Flores Negras que comenzaba a formarse por el aguacero que arreciaba.
Todos queríamos cargar por un rato a “Solita”; la abuela lo permitió y cada uno tuvo la oportunidad de sentir aún la tibieza de su pequeño cuerpo en medio del frío y la lluvia del momento. El tío Héctor, el más grandecito de todos los que íbamos se nos adelantó y corrió a prisa tal vez a dar la noticia a los vecinos. Después de pasar del más grande al más chico el cuerpo de “Solita” volvió a los brazos de la abuela, al llegar a la casa ya el aguacero había cesado y el tío Héctor había cavado un pequeño hueco cerca al pino, en medio de las matas de ajenjo; la abuela la enrolló en un pañal blanco, la despidió a besos y todos en medio del llanto ayudamos a enterrarla, cada quién se engrudó las manos y rodillas de barro, todos queríamos mitigar el dolor.
La tarde comenzaba a morir, las gallinas ya estaban acomodándose en el palo de bonche para irse a dormir. La abuela decidió ir a juntar candela en el fogón de leña para asar las arepas que había destinado para el desayuno del otro día, los tíos ya grandes a medida que iban llegando iban recibiendo la noticia de la “muerte de repente” de “Solita”. Nina, la hija de Tilcia, se quedó con todo listo: con el perol de yuca, el perol de café molido y la batea de bocachicos desalados; “Caronte” y “Chocolate” ladraron sin parar toda la noche y sus lamentos llegaban a escucharse hasta en Jerusalén. Los vecinos más cercanos fueron a la casa a indagar por la muerte de “Solita”, Pacha mi bisabuela los detuvo en el quicio de la puerta de la casa vieja, se los quedó mirando con su único ojo y con su vocabulario escueto les dijo:
––Murió de repente, Clara está rezando… Buenas noches.
Cerró la puerta y fue a reacomodar sus cosas en la maleta de correas de cuero que la acompañaba siempre en sus viajes a Totumal o a Aguachica. La abuela les encendió una vela a los santos de su tablita, rezó la oración del Ánima Sola y el día de novena a la Santísima Trinidad, rezó por el bienestar del abuelo, por el de sus hijos, por los vivos del pueblo y por todas las almas de los muertos, incluso por el viaje eterno de “Solita”. Los primos no quisieron salir a jugar a los escondidos o al cacho como lo hacían siempre; se lavaron los pies, las manos, las rodillas, se cambiaron la ropa mojada y se acostaron a dormir temprano en la casa nueva.
La abuela nos encomendó a todos a las benditas ánimas del purgatorio y yo me quedé dormido sin comprender qué era “morirse de repente”, sin entender que los muertos y los vivos tenían alma y, según la abuela, los animales también, y sin imaginar que junto al pino y en medio de las matas de ajenjo muchas lágrimas derramaríamos por otros animales de la casa o por los niños de Nubia y Elena que no nacieron vivos.
Yesid Ramírez González






