Literatura
Niña nocturna

Noche con un extraño olor que incomoda, aturdida y embriagada por la presencia quíntuple de sicarios en cada esquina de la comuna.
Ella reaparece con tacones altos, maquillada y transformada, y con ella la sombra del monstruo agazapado, lleno de maldad que se le encarama y se camufla en su boa de plumas perfumadas.
Se embarca como única pasajera en el último bus urbano con el dial noctámbulo de siempre;
El chófer de hoy canoso y silencioso, el de ayer con heridas mal cicatrizadas, el del viernes cantante y desdentado; es el mismo, usa los recuerdos del día a día para untarse la cara y alimentar la rutina y atreverse por el espejo a mirarla.
Atrás se va perdiendo la miseria de su barrio…circunvalar con la doce, los bombillos amarillos ahora tienen otra luz; la ciudad se rejuvenece hasta volverse un hada prostituta.
… y a ella el corazón comienza a querer salírsele del pecho, inicia su despertar como reina de la noche.
El portero del club nocturno, con cuerpo de fisicoculturista y con la misma cara del monstruo que la arrulla.
Verdes, morados, naranjas, rojos, azules, las paredes salpicadas de neón.
La música estridente, el murmullo de los clientes, niebla de cigarro mezclada con fragancias baratas de revistas y con el olor del licor; alientos de sexos y muchos ojos y muchas manos, demasiadas manos.
En ella el corazón a punto de infartar, de nuevo bajo el reflector que la deja ciega escuchando al anunciador morboso, absolutamente desnuda en medio de la pista, desnuda y frágil, parece la Venus de Botticelli. La niña guardada para el último show de la noche.
Se reinventa con una nueva danza, pero gotea el mismo sudor, la misma timidez, el mismo pudor, la misma rabia, el mismo temblor en los párpados, en el vientre, en los senos, en las nalgas, gozando un orgasmo mentiroso, pensamientos lascivos que violan, botellas falos que vienen y van.
Fin de la música tortuosa, aplausos, risas, bromas, propinas regadas por el piso; el último trago, el único cigarrillo y el placer gratis y obligado con el dueño del chuzo.
… y a ella el corazón se le vuelve chiquito, se niega a la fuerza joven de sus arterias.
Escapa con la risa congelada, oliendo a billetes viejos, corre, se ajusta la falda, se acomoda el escote, se pone las tangas, arroja a la calle mojada la boa con su íncubo adentro y frente a la miscelánea que aún no abre, mientras pasa el primer bus de la mañana toda ella parece envejecida empapada en su hemorragia de lágrimas.
Yesid Ramírez González






