Música y folclor
El Rey Alejo y el Niño Omar

Desde una angosta tarima, erigida con tablas y listones en madera de algarrobillo sin cepillar, cubierta por frescos vientos que sobrevolaron el Guatapurí para llegar a la cita musical, se ve a lo lejos aquella figura humana menuda, vestida con pantalones cortos y escasa de edad.
Era un asistente a escondidas y en fuga del cuidado de sus padres, él lo logró y está ahora en la noche de coronación del primer rey vallenato. El Rey aclamado por el pueblo y a quien los dioses vallenatos, sin olimpo todavía, se dignó recuperar del anonimato marcado como gran juglería. Gilberto Alejandro sabe que hubo un testigo, esa nocturnal ocasión, entre la multitud: es el pequeño Omar en aparición de ¨diablito¨ aprendiendo de mi arte y proyectando convertir su pequeña arma tridente en acordeón.
“Pienso hoy que, aunque me ocupaba divirtiendo al gran público de la Plaza puede sentir que este niño se encontraba en el extraño peligro de ser tomado por la fiebre incurable del vallenato. Y entonces, pensé. Confiemos su salvación a la digitación, a la oscilación de un fuelle y a la firmeza de pitos por sus dedos infantes, visionemos que aquel instrumento --inventado como piano para marinos hace una jurga de años-- es el mismo que al pasar los años, y cuando esté en sus manos le arranque notas como aquellas creadas por mí para convertirme en rey. Sí, mías, del de siempre humilde Alejo Durán...”.
Te abro el paso, entra ahora tú a la fábula, Omar, di en ella tus acontecidos tiempos coronados por satisfacciones y cantando tus propias composiciones, transpirando pueblo en tus actuaciones, contagiando de alegría al Dios que te lleva triunfador por los rincones de una nación insólita. Tu don de gente es tu gran aliado y hará entregarte a la dimensión temporal madura de felices recuerdos enganchados por un prolífico cancionero de éxitos“.
“Si Omar toca así siempre y no desentona, son bastantes las vainas sabrosas que le van a pasá”, medita Alejo aspirando un pielroja y esperando que su Fidelina le acerque una taza de café, está en audición solemne debajo de la gran sombra que proyecta el palo de mango sembrado en el patio de su casa en Planeta Rica, elegido como templo rupestre, desde donde sigue fiel las transmisiones en los ochenteros años del festival en el ya lejano abrìl vallenato.
Algo ocurre. Brioso, salta de la hamaca en bullosa alegría. En el radio transistor colgado de una rama en su árbol protector anuncian que es el turno para que suba a tarima el Diablito Omar Geles. ¡Jue Carajo, ahora si fue vaina!
Álvaro Agustín Calderón Calderón





