Ocio y sociedad
Gratos recuerdos pinillistas

“Mercado, la próxima vez que se cambie de puesto, lo saco de clase, le pongo uno, le bajo la conducta y lo llevo a la rectoría”, le dijo el profesor Federico Guzmán Nieto al estudiante Jairo Mercado Beleño, en la clase de religión, un día cualquiera, cuando cursábamos segundo de bachillerato, en el histórico Colegio Pinillos de Mompós. Esas eran, in illo tempore, las cuatro sanciones elites que se le imponían a cualquier alumno que intentara sabotear la disciplina de las clases. Mercado, a quien llamábamos cariñosamente “mercadito” por su baja estatura y su cuerpo diminuto, tenía la costumbre de cambiarse de puesto en algunas materias, y ya varios profesores, sobre todo, los que pasaban lista, se habían percatado de ello y lo habían reconvenido en distintas ocasiones. De las cuatro sanciones, la más cara era “llevar el estudiante a la rectoría”, pues, si éstas sobrepasaban más de tres, eran serios motivos de expulsión. Ese día, como de costumbre, Mercado regresó a su puesto habitual y le expresó sus disculpas al profesor Guzmán.
El profesor Federico Guzmán Nieto era natural de San Fernando, Bolívar, había laborado algún tiempo en el Liceo Joaquín F. Vélez de Magangué y ya llevaba varios años en la nómina de lujo, que por esos tiempos ennoblecía al Colegio Pinillos. Hacía parte de esa escuela de profesores, que, sin exhibir el novísimo título de licenciado, se habían formado de manera autodidacta y gozaban, desde luego, de un reconocido dominio y de una comprobada idoneidad en el campo docente. Para ellos, la verdadera universidad habían sido los libros y la experiencia aquilatada en el desempeño de la cátedra. De este mosaico de profesores ilustres, hacían parte: Marcos Pérez Villa, quien gozaba de una fama singular en el manejo de los números, José A. Cabrales Meza, gramatólogo y ferviente admirador de los poetas modernistas colombianos, Armandito Rodríguez Cunha, quien resolvía en un santiamén los ejercicios del álgebra de Baldor, y José “Chanto” Martínez Rojas, experto en el manejo de todos los géneros e instrumentos musicales.
Esta lujosa generación de docentes se glorificaba también con los nombres de Rodrigo Alvarado Asís, quien hablaba inglés a la perfección sin haber salido de Mompós, Marcos Serrano Mejía, veterano en el manejo de la ortografía, la prosodia y la gramática castellana, y José Vicente Bohórquez Casallas, un elocuente conversador, dueño de una vastísima cultura general, que marcaba la diferencia vistiendo de blanco y luciendo corbata negra. Ese era el ambiente académico que se vivía en el Colegio Pinillos, a mediados de los años sesenta, cuando tuve la oportunidad de ingresar a sus celebérrimos claustros. Y debido a la fama atesorada en sus ciento cincuenta años de fundado, que había cumplido en 1959 y se habían celebrado al año siguiente, sus aulas se veían nutridas con estudiantes de todos los municipios, corregimientos y veredas existentes cerca de Mompós, especialmente los ubicados a orillas del legendario río Magdalena, desde Barrancabermeja hasta su imponente desembocadura en bocas de cenizas.
Una huelga estudiantil que estalló en el segundo trimestre de 1966, organizada por los alumnos de los cursos superiores, contra el doctor Orlando Ramírez Román, quien desempeñaba la rectoría desde 1964, mantenía al estudiantado despierto y en estado de alerta, para reaccionar frente cualquier indicio que atentara contra los derechos de las bases escolares. Eran los tiempos en que todos los estudiantes de los grandes y famosos colegios colombianos vivían la influencia de los triunfos, primero, de la revolución comunista China de 1949, liderada por Mao Zedong, y, segundo, de la reciente revolución cubana de 1959, organizada por Fidel Castro. El Ministerio de Educación Nacional, siempre hábil en el manejo y la resolución de los conflictos estudiantiles, desplazó al rector y envió en su reemplazo a don Lino Maturana Arriaga, un maestro de origen quibdoseño, quien traía un largo recorrido por las rectorías de varios colegios nacionales, y cuya luna de miel en la gloria pinillista alcanzó apenas catorce meses, hasta agosto de 1967.
Así fue: desde su llegada, el nuevo rector exhibió un estilo de vida peculiar que lo diferenciaba del conjunto. Vestía de saco y corbata, caminaba erguido, con pasos largos, mirando de frente y sin mover la cabeza para ningún lado. Utilizaba un bigote robusto, terminado en puntas, que fue determinante para que la fauna estudiantil lo apodara “Lino púa”, a los pocos días de haber arribado al colegio. Con este singular bautizo logró poner orden en la casa, estropeada por la huelga, y terminar el año lectivo. El comienzo de 1967 pintaba favorable para el nuevo rector. Había realizado una visita al Ministerio de Educación con el objetivo de conseguir el nombramiento de nuevos profesores para la ampliación de la cobertura estudiantil. En los primeros meses llegaron varios docentes, la mayoría licenciados, entre quienes figuraron: Orlando Olivares Consuegra, Rafael Hernández Benavides, Antonio Logreira Ripoll, Carlos Federico Palacios, Ricardo Rico Hernández, Prospero Ayala Poveda, Teodoro Gómez Alzate y Alfonso Escárraga Tache.
Habiendo transcurrido los primeros meses de 1967, los líderes pinillistas entraron en recelo y comenzaron a mirar con desconfianza algunas actuaciones del rector. Se decía que mantenía un régimen dictatorial y no atendía las opiniones del estudiantado, se decía que estaba parcializado con sus amigotes chocoanos que laboraban en la institución, se decía que no se preocupaba por mantener el edificio, que se iba deteriorando poco a poco, y, por último, se decía que era negligente para gestionar el pago oportuno del profesorado. Así, con estas inquietudes, entre ceja y ceja, se logró culminar el primer semestre y salir a vacaciones. Sin embargo, no muy bien habíamos regresado a las aulas tras el receso oficial, cuando ya los líderes estaban incitando al estudiantado para iniciar la huelga. Don Pedro Herrera, el antiquísimo portero, atendió la orden de los cabecillas, abrió las inmensas puertas, protectoras de la historia, y la turba estudiantil salió a las calles lanzando una consigna visiblemente unificada: “Fuera Lino púa del Colegio Pinillos”.
El ambiente se tornó hostil, se conoció en toda la ciudadanía y don Lino, desesperado por calmar los ánimos, no logró conjurar el movimiento. Los docentes foráneos, que vivían internos en el colegio, también se sumaron al conflicto, respaldaron abiertamente al estudiantado y comenzaron a lanzar consignas. Un sábado cualquiera, en las horas de la tarde, no faltó quien oyera al profesor Rafael Hernandez Benavides, desfilando por el Camellón del Colegio, con algunos tragos a cuestas, gritando a voz en cuello “Fuera Lino Púa, fuera Lino púa”. Lo mismo gritaban los otros docentes que lo seguían. La huelga tomó una posición irreversible y los líderes asumieron una actitud indeclinable. La única solución era la salida del rector. El Ministerio, como solía hacerlo, envió un par de inspectores para evaluar el fondo del problema, y estos informaron sobre la única solución. Don Lino fue trasladado para el interior del país, y a los pocos días llegó al Pinillos don Jaime Castellar Ferrer. Corría la segunda semana de septiembre de 1967.
Las aguas retornaron a su cauce y la normalidad académica se hizo visible. Muy pronto, el nuevo rector, dueño de una personalidad discreta y de un carisma singular, logró calar profundamente en el sentimiento rebelde del estudiantado. Era nativo de San Jacinto, Bolívar, había llegado del Colegio Nacional Roque de Alba de Villanueva, Guajira, y permaneció en el Pinillos hasta comienzos de 1972, cuando se trasladó para la Escuela Normal de Santa Marta, y luego para Cartagena, donde falleció el 8 de febrero de 2008. Todos los estudiantes de esa época lo recordamos con mucha nostalgia, y no dudamos en afirmar que don Jaime Castellar Ferrer ha sido, tal vez, el rector más dinámico y emprendedor que ha tenido el Colegio Pinillos en los últimos cincuenta años. Y nos basta llegar al colegio para evocar su imagen, hablándole a la comunidad, todas las mañanas, desde la antiquísima tarima rectoral, charlando con los estudiantes y transitando por los pasillos, vistiendo su limpísima guayabera, adornada con su impecable corbatín.
Tras la llegada del nuevo rector, a leguas se notaba la camaradería y la satisfacción reinantes en el cuerpo docente, que, por supuesto, se entregó de lleno al desarrollo de los programas académicos. Las clases siguieron su línea normal, y el alumnado, como era costumbre, dedicado plenamente a los estudios y a la sana competencia, para llevarse las condecoraciones en las izadas de bandera. La disciplina, el respeto, la responsabilidad, la superación y la puntualidad, eran las notas distintivas que identificaban al estudiantado. Algunos profesores, se hacían célebres por sus apuntes o estilos personales. Alfonso Escárraga Tache, por ejemplo, llevaba el esqueleto a los salones para dictar la clase de anatomía, y si deseaba evaluar a un estudiante, después de haber realizado las explicaciones de rigor, le arrojaba un pedazo de tiza y le decía con una voz impostada: “Daniels, entra al quite”. Cuando le veíamos el trocito de tiza en la mano, todos nos asustábamos y desviábamos las miradas para no encontrarnos con sus ojos.
Con mucho respeto y, sobre todo, con mucha discreción, el ingenio estudiantil había confirmado con apodos pintorescos, que se mantenían en secreto, a varios profesores. Los remoquetes habían nacido de cualquier rasgo personal. Angel Zuluaga Giraldo, profesor de inglés, por ser de baja estatura, delgadito y tener una voz suavecita, fue bautizado “alambrito”. Próspero Ayala Poveda, excelente docente de cálculo y trigonometría, era llamado “tocalón”, porque despedía el olor de un desodorante del mismo nombre que se vendía por ese tiempo. Luis Felipe Payares, profesor de filosofía, francés y otras asignaturas, fue apodado “cara e’ caucho”, por las arrugas que tenía en el rostro, vestigios de las espinillas de su juventud. Efraím Ospino Piñeres, profesor de ciencias, botánica y zoología, era llamado “indique”, porque, cuando realizaba las evaluaciones, decía: “indique que diferencia existe entre: uno, tres y cinco…, dos y cuatro”. Los números se referían a las filas de los alumnos para que las preguntas quedaran alternadas.
El ambiente académico se sazonaba con los frecuentes desfiles de la banda de guerra y la asistencia a misas los domingos en el templo de La Concepción. Y los apodos, desde luego, seguían su curso sigilosamente. Marcos Pérez Villa, docente de matemáticas, era llamado “el pollo”, por el dominio que tenía de esta asignatura. Jorge Contreras Hernández, magnífico profesor de física, fue bautizado “el gordo Contreras” por su estructura corpulenta, que se reflejaba más por las guayaberas ajustadas que vestía. Federico Guzmán Nieto, maestro de historia antigua y religión, era llamado “mochuelito”, por la sabia costumbre que tenía de ir silbando cuando paseaba en su bicicleta. Osvaldo Gutiérrez Lara, profesor de historia y geografía, era conocido como “el loco Gutiérrez”, por la forma un poco chabacana de vestirse y de calificar las previas. Se rumoraba en la cominería estudiantil, que tenía la costumbre de acostarse y lanzar los exámenes al aire. Solo los que le cayeran en la barriga eran aprobados. Y había otro profesor que por su hablar, actuar y caminar pausado, fue apodado “burro lerdo”.
Una nota llamativa, que incentivaba al alumnado para consagrarse más en el estudio, era la pulcritud en el vestir que estilaba todo el profesorado. En este sentido, se daba prioridad el concepto estipulado por el Ministerio de Educación Nacional: “La educación entra por los ojos”. Por esta razón, los rectores estaban autorizados para exigirles buena presentación a todos los educadores. Y así era: el cuerpo profesoral asistía bien adecentado: camisas bien planchadas, mangas largas o cortas, generalmente de un solo tono, pantalones oscuros, con la línea perfecta en el centro y zapatos clásicos de cuero, con suela y tacón diferentes. Algunos docentes, como José Vicente Bohórquez Casallas, Luis Carlos Mayo y Córdoba, Pedro Bahoque Daza y Alfonso Escárraga Tache, para enaltecer su estilo, vestían de corbata diariamente. Y otros, más pulcros aún, como Rafael Hernández Benavides, Orlando Olivares Consuegra y Antonio Logreira Ripoll, por vivir internos, aprovechan los minutos del recreo, para llegar a sus aposentos y cambiarse de ropa. Detalle que era visto con aprecio y aplaudido por todo el alumnado.
De vez en cuando sucedía algún episodio insólito, que generaba asomos de indisciplina y se regaba como pólvora en toda la comunidad. Pero, generalmente, eran casos minúsculos, que se olvidaban al instante, y contaban, muchas veces, con la tolerancia del profesorado. Me ilumina la memoria el detalle protagonizado por Raúl Cantillo Parias, cuando cursábamos 4o. de bachillerato, en la clase de geografía de Colombia, con el profesor Osvaldo Gutiérrez Lara, quien tenía la costumbre de llamar cuatro o cinco estudiantes para calificarlos oralmente. Raúl había estado frotándose el pene por sobre la bragueta y había conseguido una visible y agradable erección. Con su malicia observadora, el profesor Gutiérrez miró la lista, alzó los ojos y expresó con voz firme “Cantillo”. Raúl, atribulado, vaciló un instante, se paró y caminó hacia el profesor, tratando de ocultar el bulto diagonal con las puntas de la camisa. El profesor lo reparó unos segundos, y sin hacerle ninguna pregunta, le gritó: “Siéntate, palurdo, vienen al colegio es armados”.
Y como la política del mandato llerista, que gobernaba en el momento, era la ampliación de los cupos escolares, se autorizaron las jornadas paralelas para darles oportunidad de estudio a todos los jóvenes que desearan educarse. También, se impulsaron las secciones nocturnas. Por eso, todos los años llegaban al Pinillos nuevos profesores, sobre todo, licenciados, que era la carrera que estaba de moda. De tal suerte, que todas las promociones que nos educamos en las décadas del sesenta y setenta, nos acostumbramos a ver profesores nuevos todos los años. La mayoría de ellos iba a los colegios y demoraban uno, dos y máximo tres. Y una minoría alcanzaba a superar esta duración. Solamente, permanecían estables quienes eran nativos de los pueblos. En fin, la lista de los educadores que, in diebus illis, honraron la nómina docente del prestigioso Colegio Pinillos de la Villa de Santa Cruz de Mompós es ampliamente sorprendente. Una generación de docentes que nos iluminan la memoria y nos traen gratos recuerdos pinillistas.
Eddie José Daniels García






