Opinión
Semana Santa, propicia para diferenciar entre Semillas y Etiquetas

Arrancó la Semana Santa en esta tierra macondiana, comenzó con el Domingo de apellido Ramos y finalizará con ese Domingo que apellidan Resurrección. Año tras año se celebra una y otra vez, y la fecha de la celebración es variable (entre marzo y abril, según el año) dependiendo siempre del comportamiento del calendario lunar.
El Lunes le pasará el banderín al Martes y éste a su vez al Miércoles para a su vez entregárselo a los hermanos de apellido Santo y se nombran Jueves y Viernes quienes son los encargados de conmemorar la muerte de Cristo, para después delegarle a su primo Sábado Santo quien se encargará de la Sepultura de Cristo y así encomendar al señor Domingo de apellido Pascua quien se encargará de su Resurrección. Así las cosas, y viéndolo más allá de lo aparente, me zambullo en el más allá de lo literal y tradicional para irme al mundo figurativo y existencial: ¿Cuál es el motivo y razón de toda esta tradición que sostiene un milenario Sistema de Creencia? Y llegan dos palabras: Semillas y Etiquetas.
Crecí en medio de un bosque seco, sea monte o lote de engordar, lo que veían mis ojos era un valle, ése que dicen que es del Cacique Upar, con apariencia de huesos secos que sólo modificaban su estructura al llegar la temporada de lluvias que permitían el despertar de esos suelos de apariencia inerte. Aquel barrio de periferia que engalanaron con el nombre del Obispo Bueno de esos tiempos, Vicente Roig y Villalba me vio crecer y bien podría decir a boca llena que no en vano se dice que es de los niños el Reino de los Cielos, pues así llegué a este mundo como lo llegan otros niños: feliz y ligera, con una misión que cumplir que viene plantada cual semilla desde el vientre de mi madre. En ese barrio se contaban las casas que no llegaban al número de los dedos de las manos y los pies, cada casa tenía su jardín y su jardín revelaba la batalla de las semillas con las etiquetas.
La gran mayoría de vecinos optaban por el césped con apariencia de puercoespín, le dicen Rye Grass y su particularidad es que una vez aprieta la grama no hay lo que llaman “maleza”, “coquito” o “etiqueta” que valga. Otros vecinos, como el caso de la casa de Aroldo González, esposa e hijos optaban por la grama “dichondra” quien crecía contenta debajo de la sombra de los árboles, otros como el caso de las “hermanas Muñocitas” optaban por la grama que apodaban Bermuda a la que tenían que regar una y otra vez pues no toleran las sequias, de buena era la grama pues estas damas nunca se casaron y tiempo bien bueno el que le dedicaron para no dejar perder el verdecer. Lo mágico de todos estos jardines es que su estado era directamente proporcional al estado de los habitantes de la casa y viceversa.
Mantener esos jardines era el equivalente a la vida misma de sus dueños, la batalla constante de no dejar secarlos y evitar que se parecieran a los valles de huesos secos que rodeaban el barrio, la necesidad de observarlos una y otra vez para identificar esa maleza que llamaban “coquito” que al extraerla revelaban una raíz tipo collar de cadeneta de donde pendían nudos a los que llamo Etiquetas.
Así venimos a este mundo, con semillas plantadas de lo alto en nuestro ser, llegamos siendo niños puros, pero en el trasegar al igual que los jardines nos enfrentamos a multiplicidad de etiquetas que provienen por arriba, por abajo, por todos lados, unas con el mejor de los deseos otras no tanto, pero todas juntas no pasan de ser eso: etiquetas que asfixian y distraen la posibilidad y dilatan los tiempos del florecimiento.
Lo complejo de las etiquetas es que son como la maleza que apodan “coquito”, se reproducen por montones gracias a los chismes y murmuraciones, unas son producidas por acciones inconscientes otras simplemente son con alevosía y premeditación, pero lo bueno del asunto es que se pueden extraer, son subsanables y borrables de la mano del mejor de los jardineros, cuando te sujetas a la esencia y valor de las semillas que traes en tu ser. Por más que las etiquetas te lleven a experimentar emociones como la ira, celos, rencor, contienda, envidia, borracheras que te producen sentimientos de fracaso, culpa y condenación el valor de tu semilla tiene raíces más robustas y profundas que producen sensaciones de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza y el dominio que te sujeta fuerte a la redención, restauración, perdón, cumplimiento de las promesas a través de un comienzo nuevo…
Para mi mundo personal, el sentido que tiene la Semana Santa es eso, recordarnos a lo que vino Cristo: a sujetar mediante tres grandes clavos en nuestra alma, vida y corazón, la esencia de lo que somos. Venimos del Creador de los cielos y la tierra, tenemos la Mente de Cristo, estamos llenos de sabiduría y venimos a cumplir un propósito y destino que esta plantado desde el vientre de nuestras madres, libramos una batalla interna, esa misma que se recrea en la Leyenda de Francisco el Hombre, la única manera de vencerla es sujetarnos fuertemente a la esencia de lo que somos y enfrentarla con las armas con que venimos dotados para hacerlo: Nuestros Talentos.
PD: Esta columna va dedicada a la Memoria de mi primo Alfredito Vergel Riaño, compañero de niñez y aventuras en ese barrio que nos vio crecer: Villalba, quien partiera de este mundo en la madrugada de un lunes santo.
Tu pureza, tu nobleza, tus silencios y conexiones con la madre naturaleza, tu ser de niño al que nunca renunciaste a pesar del bullicio y frenesí de esta atmósfera asfixiante. Tu amor de hijo, hermano, padre y esposo. Tu amor de primo. Gracias por decirte y despedirte de mí. Gracias infinitas, gracias por todo lo compartido, Alfred de mi alma. Que tu espíritu se encuentre y abrace con ese niño precioso al que llamaste Gian Marco. Descansa en la paz de esa Luz que nunca dejó de llamear en tu Alma.
Yarime Lobo Baute
@YarimeLobo






