Opinión
La reina de la décima

El mismo pueblo, las mismas calles, con los ‘matarratones’ y mangales por doquier, vertido en versos, canciones e historias, como tratándose de la mejor receta para paliar el calor y enfrentar la adversidad, sin vacilaciones, miedos ni timideces. Hoy capital del departamento del Cesar, capital mundial del vallenato y destinataria feliz del Espíritu de uno de sus hijos:
“Valledupar yo te quiero,
paraíso de lealtad,
el abrazo es hermandad
aquí nadie es forastero,
y dicen que los troveros
riegan versos en la greda,
como una estera de seda
formada de hermosas flores;
quien viene buscando amores
con amor aquí se queda”.
Hay más décimas, diría otro mariangolero, pero ésta es suficiente por el momento para honrar aquellos días del viejo Valle, cuando el rey de los bares engalanaba la calle del cesar, los refrescos Guatapurí del viejo Avelino Romero, las arepitas e’ queque, merengue, chiricana y dulces, eran parte del ‘pan de cada día’, mientras Chorrobalin ajustaba cuentas a punta de piedra, nojodazos y sus versos en reposo al cauquero, la zorra azul y el mapurito. Azotada por afugias globales, propias y otras producto de la indolencia, la patria chica de Pedro y Pepe Castro, la Cacica Consuelo Araujonoguera y María Concepción Loperena, de Crispín Villazón De Armas, Álvaro Araujo Noguera, Aníbal Martínez Zuleta, Dagoberto Fuentes, Tulio Villa y más, mantiene la firmeza de siempre y el propósito indeclinable de hacer frente a las dificultades hasta entronizar, para siempre, la música de su historia, el pentagrama narrativo de sus creadores, intérpretes y conversadores. Con pandemia es más difícil, pero cobra vigencia la décima del cubano Antonio Guerrero:
“Que ya venga la esperanza
Clama a toda voz en el mundo
En el corazón profundo
La muerte clava su lanza
Hay un médico que avanza
Arriesgando a plena vida
Cada meta conseguida
Cada sueño, cada suerte
No dejará que la muerte
Gane al final la partida”.
Todas las mañanas, durante gran parte de la década del sesenta, y más allá, la veía pasar por mi zona barrial, rumbo a su trabajo. Como diría mi padre, ‘mordia’ la calle del bar águila, sin estacionar “ni por panela”, saludaba y alegraba cada día con su contoneo al caminar, ese paso dancesco que la caracterizaba, luciéndose con su uniforme blanco, o el verdecito y el azulino, con el que más me agradaba verla. Aproximándose a la primera esquina, terminaba “arrinconada” por Hernán Martínez, amanecido, en temple y con la maestría de siempre para curvear el vehículo, estacionándolo ‘, arremingándolo’ en el pretil.
Saludaba con alegría reverencial a don Emilio Araos, que a esa hora tempranera abría la tienda, auguraba bienes y le recordaba al vencindario, por si se les olvidaba, ¡hay de todo!
Marchaba con determinación, se acercaba con sigilo a la mesa frugal de la gran Pepa Baquero, cuando el vital Gaby Villar, humillaba sin pudor dos arepas de queso, de las de entonces, con medio cantarito de café con leche y uno que otro esquiñe a los chicharrones que jamás faltaron. Salía el odontólogo Vélez, encorbatado, con rostro de torzón, decente como el que más, con la pregunta habitual, ¿nada que hace emparedados?
La flor del trabajo
Abnegada, decidida e incansable en el afán diario de cumplir, en las horas, minutos y segundos que laboraba en Eternit, el almacén de Orlando A. López, en la esquina de la séptima, entonces quinta, con dieciocho, frente a la tienda de don Pacho y diagonal a la puerta de entrada central, al mercado público, ahí mismo donde era dable degustar la avena espesa, enaltecedora y adictiva, que la figura monumental del hombre del sombrerón servía sin resistencia. En sede laboral se agigantaba, con lealtad inmodificable, cumplimiento, honesto proceder, entusiasmo creador y la gran capacidad de servicio que la caracterizó. Todas las veces en su lugar, con los pies sobre la tierra, humilde como su franqueza, certera como su palabra, servidora inmancable y defensora a ultranza de quienes menos podían.
Le hizo frente a la adversidad con voluntad férrea, fuerza interior de carreto y decisión inmodificable, poniéndose al frente de su familia con vigor, pese a tantas afugias, y felicidad. Sus hijos, hombres y mujeres cuya fortaleza los mantiene como gregarios sin desmayar y con opción triunfadora constante. Cuántas satisfacciones en cada uno, como muestra, eficiente y eficaz, de la mejor crianza recibida.
Esa casa fue la casa de muchos, que hallaron y recibieron amor genuino, atención de primera y trato familiar permanente. Benjamín Costa Gutiérrez, Edinson “Encho” Rivadeneira y más, destinatarios de ese amor incondicional, se sintieron allí en su morada verdadera y a ella la convirtieron en su ungüento emocional, subliminal, afectivo e infalible.
Sus hijos, entre quienes destaco a Sonia, Jesualdo y William, tuvieron en ella la principal animadora, albañila y gestora del destino que ahora disfrutan, porque madres como esa no es que se encuentren por montones, responsable, mamá y papá, ferviente alentadora y formidable compañia, interesada más en dar que en recibir, ensimismada en la fortuna de tenerlos y entregada a hacer el bien, sin mirar a quien.
En ese sector hubo mujeres íntegras, con muy brillantes condiciones, pero, por todo esto, para mí la reina de la décima, fue y permanece en el recuerdo, la gran Franca Morales, chiquita en estatura pero gigante en su imperio interior y en el cúmulo de sus acciones. ¡Paz y descanso!
Alberto Muñoz Peñaloza
@Albertomunozpen






