Lunes, 26 de jun de 2017
Valledupar, Colombia.

Diomedes Díaz / Foto: DiomedesDiaz.co"Que hablen de uno es espantoso.

Pero hay algo peor: que no hablen.

Las buenas reputaciones

están hechas con nada".

Oscar Wilde

 

Existe una discusión ética —bastante antiquísima— entre los que consideran que lo más importante en un artista debe ser su postura pulcra ante el mundo (seguramente el procurador se ubica aquí), y aquellos que profesan que lo que finalmente importa en un artista es la obra que logra consolidar. Esta dicotomía, no será resuelta en este pequeño texto; pero será el punto de partida para poner en contexto a un artista que bien puede servir para “analizar” estas dos posturas: Diomedes Díaz Maestre.

En mi opinión, el mejor texto escrito hasta ahora sobre la obra de este artista nacido en Carrizal es el que escribió el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos. En “La eterna parranda” Salcedo pone de relieve la vida inicial y la obra del Cacique de la Junta y su lento pero firme ascenso, hasta convertirse en uno de los artistas populares más importantes de Latinoamérica. Nos muestra al niño que creció en medio de las necesidades, pero que tuvo claro que la música podría ser un buen recurso para mejorar su condición de vida. Salcedo nos deja ver ese lado “bueno” de Diomedes: el niño, el hijo, el enamorado, el compositor; nos presenta al artista en su esencia; el afamado, el querido y el aclamado por una generación que creció constatando cómo un género musical, rechazado al principio, logró una renovación gracias a la interpretación de un muchacho tuerto que desde siempre se rodeó de los mejores acordeoneros (grabó con varios reyes vallenatos).

Luego de la inesperada muerte del artista en mención, he visto surgir otras voces (menos rigurosas) que no estiman esos valores artísticos del fallecido cantante. Algunos foristas de las redes sociales (la nueva plataforma para plantear las discusiones) se han centrado en presentar a un ser humano decadente que evidencia la forma como la mundanalidad y la fama deforman el carácter humano. Muchas personas no le perdonan a Díaz Maestre su pasado empantanado con la muerte; no le perdonan, tampoco, su presunta afición a las drogas y cómo esta era la responsable de esas grotescas presentaciones en las que se veía a un baluarte venirse a pique por la pérdida de la memoria. Algunos no pueden eximirlo de su propensión a dejar esperando al público en una plaza abarrotada de gente mientras se perdía en medio de un mar de arena blanca.

Pero más allá de esas verdades, algunas ciertas y otras no tanto, hay que decir, con Salcedo, que detrás de Diomedes Díaz existió un sujeto con un talento para el arte musical y por lo tanto dotado de una sensibilidad innegable. No se trata de condonarlo o condenarlo, se trata de reconocer en él un lado demasiado humano —como decía un filósofo atormentado— que lo llevó en ocasiones a soportar la lástima de los amantes del vallenato; un hombre con un carácter distorsionado por la fama y por el poder del reconocimiento (des)comunal.

Ese lado humano y artístico se evidencia en sus composiciones musicales y en la  enorme capacidad que tenía para el repentismo. Temas como Tres canciones, El alma de un acordeón, 9 de abril, Tu serenata, Bonita, Te quiero mucho, Mi muchacho, Mis mejores días, Mi primera cana, Mi fanaticada, Un canto celestial, Volver a vivir, y muchas más, muestran ese lado que no puede sepultarse con la imagen postrera de un artista que algunos presentan como un monstruo. Detenerse a analizar la letra de algunas de esas canciones permite verificar el amor que este artista vallenato sentía por su madre, su padre, sus hijos, su grande fanaticada, sus mujeres, Dios, sus amigos vivos y muertos, sus maestros, a quienes dedicó varias de sus canciones. Algunas canciones (y entrevistas) permiten, incluso, ver a un hombre que reflexiona a su manera sobre los complejos dilemas filosóficos de siempre.

Es desmesurado comparar a Diomedes con escritores como Oscar Wilde, Ezra Pound, Bukowski o Gómez Jattin; o con cantantes como Kurt Cobain, Freddie Mercury o Michael Jackson; pero no es descabellado asegurar que con ellos guardaba una coincidencia que va más allá de lo musical: adentro de cada uno de ellos crecía, a la par de lindas metáforas e inolvidables historias y canciones, un monstruo que los perseguía; un animal que opacó mucho al hombre que salió perdedor en esa lucha cuyo campo de batalla era el cuerpo, un cuerpo que se revitalizaba con el arte, la poesía, la música y en el caso del cantante en mención, muchas veces con una alharaca agonizante y ebria muy criticada.

Así pues, la discusión ética de si a un artista se debe valorar por lo que es o lo que hace es de nunca acabar. Algunos dirán que lo ideal es que la sociedad produzca artistas honorables que sirvan de ejemplo a las generaciones futuras; otros pensarán que la sociedad los produce y por lo tanto tiene que soportarlo, y que al final de cuenta en el arte se valora más lo estético que lo moral. Lo cierto es que el arte (y la música en él) prescinde de las percepciones moralistas y busca más bien instalarse en la memoria de un “consumidor” que debe estar en la capacidad de valorar lo realmente artístico.

Enterremos al monstruo y valoremos al artista.

 

Félix Molina Flórez

@felix20_06

Piedra de sol
Félix Molina Flórez

Félix Molina Flórez (Valledupar 1986). Docente, promotor de lectura y bibliotecario. Ha publicado algunos textos poéticos, narrativos y ensayísticos. La columna "Piedra de sol" es un espacio donde se abordan temas relacionados con la literatura, la cultura y las artes en general.

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