Miércoles, 29 de mar de 2017
Valledupar, Colombia.

El Cacique de la Junta no esperó tres días para resucitar. En las calles de Valledupar, mientras su cuerpo yacía en el féretro colocado en medio de la tarima Francisco El Hombre, su alma deambulaba alegremente por las calles contiguas a la plaza Alfonso López con un aire jocoso.

El  concierto organizado el 25 de diciembre en la plaza Alfonso López para despedirlo fue quizás lo que favoreció ese renacimiento express. Aprovechando los cantos y sollozos de grandes cantantes del folclor vallenato, centenares de vendedores ambulantes se las habían ingeniado para instalarse en las esquinas de la plaza y exponer todo tipo de artículos en memoria del Cacique.

Cds, camisetas y afiches eran los productos más populares, pero también se hallaban escapularios y otras fotografías enmarcadas con la clara finalidad de eternizar esa sonrisa joven y picara que el Cacique luchaba por mantener en los últimos tiempos.

Un día antes, el Cacique ya se había encargado de revolucionar a una gran parte de los comerciantes del centro histórico de Valledupar que se atropellaban entre sí para beneficiarse de la venida de personas de toda la costa Caribe. Al bajarme de un taxi en la esquina de la carrera 7 con calle 15, el chófer recibía su dinero con un aire escéptico y acongojado. Se quedó mirando pensativo una pareja de vendedores ambulantes ostentando sus  camisetas con el lema 100% diomedista a todos los peatones. “No se murió Dios, pero casi –expresó el taxista antes de arrancar–. ¡Es el Dios de la música vallenata!”.

Intrigado por la brillantez de esas camisetas blancas, me acerqué al puesto de venta y pregunté por el precio. “¡A quince mil pesos el recuerdo del más grande!”, me soltó la señora. Su atención estaba perdida entre las cinco personas que rodeaban su puesto en busca de la talla correcta. La calidad era relativamente buena y, además, se encontraban dos tipos de camisetas: una con el rostro del cantante sonriendo y otra con el lema del último Cd, la vida del artista.

“¿Cuándo se mandaron a imprimir?”, pregunté señalando algunas de las camisas y, al punto, la señora respondió con un “hace poco” risueño y cortante. Entendí que el negocio requería su total concentración y, sobre todo, que la muerte del cantante se había convertido en una fuente de vida para muchos.

A escasos metros, la letra de “No llores mamá” manaba de un alta voz con un sonido saturado, sin molestar a nadie. En esa saturación estaba quizás escondido el sentimiento de pérdida de todo un pueblo, o incluso la voz del Cacique resurgido, que aprovechaba para cantar en las calles de Valledupar el tema que una semana antes había sido lanzado con bombos y platillos en todo el país. El dueño del equipo de música llevaba orgullosamente sus gafas de sol y miraba a un lado y otro de la calle, como si estuviera en pleno partido de tenis, en busca de un detalle que todavía me costaba entender. Era innegable que se parecía al Cacique. Sonreía de un modo similar, luciendo unos dientes exageradamente blancos –pero sin diamante–, para tratar de llamar la atención de un par de jóvenes cachacas. Por unos segundos, creí ver la reencarnación de Diomedes, estaba ahí, burlándose cariñosamente de todos los que lloraban su partida y observando si su muerte se parecía a la que había descrito unos años antes en una entrevista concedida a Ernesto McCausland. Sin embargo, la ilusión se esfumó. No era Diomedes, sino un vendedor fanático del cantante quien, al estilo de “Yo me llamo Diomedes”, reivindicaba su capacidad de devolver la vida al Cacique.

Mientras las muchachas ojeaban varias camisetas, se entretenían comentando la vida del fallecido como si lo hubiesen conocido de toda la vida. Hablaban de sus manías y frases más conocidas, de su forma de cantar y moverse en el escenario. Detalles que sólo seguidoras de primera línea podrían conocer. Aproveché para preguntar al vendedor cómo iban las ventas. La respuesta no fue muy explícita. Un bufido y una mano rascándose el cráneo fueron suficientes para entender el trasfondo. El hombre no quería hablar de números, a dos días de la muerte de Diomedes Díaz podía ser un poco imprudente. Sin embargo, cuando le comenté la cantidad de gente que venía especialmente a despedirse del Cacique, su expresión se relajó: “Incluso muerto, Diomedes ha vuelto a reunir miles y miles de personas”.

Unos pasos más adelante, la plaza esperaba pacientemente el entierro de su cacique. Aún bajo el sol lacerante, la cola de personas que querían despedirse y echar una última mirada al Cacique era apreciable y, en lo alto de la tarima, el espíritu del faraón de la música vallenata ya debía estar calculando las horas para el último adiós con los cantantes.

Cerca del Café Plaza Mayor, la señora Yulis expresaba su consternación. “Nunca he visto una cosa así –decía con los ojos desorbitados–. Que pongan el cuerpo de un cantante en la tarima durante tres días… ¡Nunca! Ni siquiera un jefe de Estado”. Al instante, el señor a su lado aportó un comentario pertinente: “¿Y cómo habrán hecho para conservar su cuerpo con este calor?” El misterio siguió vivo mucho tiempo después del funeral y sigue estándolo. La única respuesta la tiene Diomedes.

El día de la despedida, en lo alto de la tarima Francisco El Hombre, los cantantes homenajeaban al Cacique emocionados. No parecía ser el día de Navidad, sino más bien el inicio de un Festival de música vallenata. Todos estaban a la espera de que el Cacique se levantara para interpretar un tema de su autoría. En el fondo, el hijo, Martín Elías, dedicaba palabras entrañables a un hombre que siempre fue una fuente de admiración. El cantante Silvestre Dangond siguió poco después y, pese a su carácter, no pudo evitar de verter algunas lágrimas en público por la pérdida de un ser que consideraba como su padre. “Ay ve, ya le están saliendo hijos por todas partes”, comentó un joven adolescente. Su acento incrédulo y celoso iba dirigido a la novia que lo acompañaba, aparentemente gran fanática del cantante.

En la esquina de la tienda Compai Chipuco, los afiches en homenaje a la trayectoria del cantante aparecieron todos con un error, presentando el año 1956 como el año de nacimiento de Diomedes. “Los mandamos a imprimir ayer”, explicó Lola con una mano en la frente queriendo explicar el tropiezo. Su sonrisa quedó grabada como una de las anécdotas de la tarde. Diomedes Díaz salió ganando un año de vida antes de renacer en forma de objetos.

Delante de la tarima, en los arboles y en los balcones de los edificios de la plaza, los seguidores competían por un espacio que les otorgara un poco de visibilidad y frescor. Nada más complejo cuando hablamos de miles y miles de personas. Algo parecido a lo de Santo Ecce Homo estaba ocurriendo aquí, salvo que Diomedes había resurgido en un tiempo mucho más corto y saltándose la etapa de Santo. “¡Es un profeta!”, contestó el anciano Nicolás a la pregunta de cómo describiría al Cacique de la Junta.

A otro lado, en la sombra que ofrece el palo e´ mango, dos mayores discutían con viva voz. Uno de ellos había mencionado los deslices del cantante con el fin de bajarlo de su pedestal y enseguida el otro se encargó de ponerle a su sitio: “Un ídolo sin defectos no tiene gracia –dijo seriamente–: Diomedes merece respeto. ¡Nadie se atreve a ser como Diomedes fue!”.

De repente, el final del concierto fue anunciado. En un santiamén, el féretro ya estaba en lo alto del vehículo de bomberos, listo para su traslado al cementerio “Jardines del Santo Ecce Homo”. Muchos salieron corriendo hacia la carrera 7 en busca de un lugar para seguir el cortejo. Otros prefirieron quedarse en la plaza a la espera de una señal.

Todos esperaban órdenes del Profeta Diomedes y, sin embargo, una sola persona sabía dónde se ubicaba realmente.  “El que está en la caja no es Diomedes”, explicó sonriendo Pedro, un señor anciano, visiblemente entretenido por todo ese enorme espectáculo, cuando le pregunté si había subido a la tarima. Y añadió: “Diomedes está viendo todo esto desde casa, en la televisión”.

 

Johari Gautier Carmona

Para PanoramaCultural.com.co

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