Miércoles, 13 de dic de 2017
Valledupar, Colombia.

Diomedes DíazDiomedes Dionisio Díaz Maestre, es el nombre completo del cantautor más afamado en la historia del canto vallenato.

Así decidieron bautizarlo sus padres, dos humildes campesinos, Rafael Díaz y Elvira Maestre. Tal vez a alguien le escucharon mencionar estos nombres, donde se fusionan dos mitos griegos: Diomedes,  el guerrero indomable y valeroso, acaso el más bravo junto a  Aquiles,  y protagonista en los principales pasajes de la guerra de Troya.  Dionisio,  el dios del vino, inspirador de la locura ritual y el éxtasis. El peso mitológico de estos nombres, de alguna manera,  marcaron  su personalidad, porque desde temprana edad muestra sus facetas de luchador hasta alcanzar la cumbre del triunfo, y  de  su inclinación  a los placeres del vino y  a los ritos  de las conquistas amorosas.

Nuestro afamado cantautor vivió estremecido por la alucinación de Las Musas, tal vez en su alma apuntaba la innegable intuición que por boca del filósofo Sócrates se le atribuye a Platón: “Todo aquel que osara aproximarse al santuario de la Poesía sin estar agitado por este delirio de las Musas, quienquiera  que estuviese persuadido de que el arte le basta para ser poeta, quedaría lejos de la perfección, siempre sería eclipsada la poesía de los sabios,  por los cantos que respiran divina locura”.

Diomedes Dionisio vivió la divina locura, con el don de la gracia para el canto. Era un  cantante natural que ostentaba el  poder de seducción,  y cautivaba e irradiaba pasión y éxtasis. Era un actor que vivía la canción, contagiaba sentimientos, se mecía entre las olas del goce  romántico del amorío y  la lejana penumbra del despecho. En  ocasiones,  el movimiento de sus hombros bordeando la caligrafía del remolino, e incitaba a la euforia en los corazones desbordantes por los alegres acordes de un merengue vallenato o de otro ritmo tropical.

La aurora musical de esa divina locura empieza a despuntar en la voz de Rafael Orozco cuando le graba con el acordeón de Emilio Oviedo, “Cariñito de mi vida”:

[…] Y se alegra el campesino

La esperanza lo emociona,

Y yo entre más días te deliro

En invierno y verano, a toda ahora. (Bis).

Ay el día por el sol que te acalora

y en la noche luna te refresca

y en la mañanita veo la aurora

y así nuevamente el sol calienta.

[…]

Diomedes DíazComo lo afirma el escritor Ramón David Jiménez, “el amor suaviza las angustias del presente y también matiza las meditaciones del sujeto sobre su devenir y su desenlace. Sí, el amor no somete a la muerte, pero la integra a la vida. Nos devuelve a nuestra cruda realidad: somos hijos del tiempo y como hijos del tiempo, nuestros días están contados”.

En su debut como cantante al lado del rey vallenato (1976) Nafer Duran, Diomedes desgrana su faceta de gran compositor popular en los versos de la canción “El Chanchullito”.

[…]

En tu casa están pendiente

le teme hasta el espejo,

si no nos mata una peste

nos vamos a morir de viejo.

Como los dos nos queremos

nos unimos prontamente.

[…]

Pero no hay duda de que unos de los versos mejores de Diomedes, por su originalidad y su imagen poética vital, son los de “Mi Primera Cana”:

Una hebra de cabello adorna mi cuerpo

una hebra de cabello adorna mi alma

ay! ve mi primera cana noticias de mi vejez

Yo sé que Rafael Santo Cuando me vea

lleno de juventud le dice a la mama

ay ve papá tiene canas, no sé si ella se lo crea

Ay adiós se va mi juventud

y ahora ya no la vuelvo a ver

se va llena de gratitud

y me deja solo con mi vejez (bis)….

No fue ajeno el compositor a los golpes duros de la violencia ciega que ha desangrado desde hace muchos años a los hogares de Colombia. En momentos de profunda tristeza, manifiesta su solidaridad de amigo y compadre y  canta con sutileza y alma  provinciana “Mi  Ahijado”:

“Le compuse estos versos a Pachito

para que así recuerde a su papá, 
porque hombres como él somos poquitos, 
que viven como vivió Jesucristo 
y mueren a muy temprana edad. 
[…]

Y ahora mi ahijado me pregunta 
padrino dónde está papá, (Bis) 
Y no puedo contestarle ná´, 
porque me dan ganas de llorar 
comadre mire como es la vida. 
Ahijado que Dios me lo bendiga 
y que me le dé una larga vida 
para que reemplace a su papá”. 

De este tipo de canción inspirada en las entrañas familiares, aunque  no  nacida en el dolor sino en el amor paternal, está “Mi Muchacho”. Sin embargo, las dos canciones de su autoría más escuchadas por sus mensajes y sus melodías frescas y pegajosas, son “Tu cumpleaños”  y “Oye Bonita”.  

Tu cumpleaños

Vamos a entonar una canción,
pa' que cantemos
vamos a festejar con emoción,
su cumpleaños
vamos a decirle con amor,
que la felicitamos
y que siga cumpliendo muchos más
que la virgen la tiene que cuidar
que de mi parte nada en la vida le faltara

[…]

Oye bonita

Oye bonita, cuando me estas mirando
Yo siento que mi vida cubre todo tu cuerpo,
Oye bonita, me siento tan contento
Que en el instante pienso

Cómo será mañana….

Diomedes Dionisio, en los cortos y largos años de su vida en el arte musical, cumplió con la doble misión de componer y cantar. Su edad física era de 56 años, relativamente joven, pero larga fue su experiencia en el campo musical. Vivió sin  prisa,  y  el tiempo le alcanzó para escribir muchas canciones e interpretar hermosas melodías, para amar intensamente y ser amado. Ahora, después de su muerte, sigue viviendo en otra dimensión: en la  inmortalidad de las canciones.

En la composición fue versátil en la temática. Compuso a todos los matices de la vida, del amor, del olvido, de la alegría, la tristeza, al hijo, al padre, a la madre,  al ahijado huérfano. Fiel a sus ancestros campesinos, escribió versos sencillos, trasparentes, enraizado a la poesía popular.

Diomedes vivió lo que tenía que vivir.  Nadie puede ufanarse de profeta para cuestionar la vida del artista y propagar las falsas afirmaciones de que no quiso morir de viejo. No murió por el desorden ni por su desobediencia; si así de fácil fueran las cosas de la vida, los niños no murieran. La dialéctica de la vida es la muerte, ella no nos espera, nos sigue; es como una sombra invisible que desde que nacemos viaja atada a nuestros pies.

El tiempo de morir no tiene edad. La muerte desconoce horas y calendarios, en cualquier instante puede llegar silenciosa en diferentes maneras: por un accidente, lenta por una larga enfermedad o súbitamente por un infarto en el corazón. Esta muerte mucho la prefieren por el viejo aforismo de algunos poetas: morir del corazón es un privilegio de los románticos.

Existe en el ser humano la tendencia inquisidora de juzgar y pretender imponer nuestras razones a los demás. La vida del artista, no es la vida privada, es su obra. El nobel de Literatura Octavio Paz, refiriéndose a Fernando Pessoa  -el poeta portugués más importante del siglo XX, muerto muy joven por su adicción al alcohol-  dijo: “Los poetas no tienen biografía; su obra es una biografía”. De Diomedes Díaz, el cantautor más exitoso en la historia de la música vallenata, puede afirmarse que sus canciones y su carismática interpretación son su biografía. La vida del artista son los atributos de su obra y las  bondades de su talento-.

Somos un encuentro de albor y de penumbra en las manos de Dios, ahí pasan los sueños como racimos de relámpagos y los días son girasoles temerosos del crepúsculo. Diomedes era un ídolo de multitudes. Un verdadero artista popular,  y como ser humano: una luz intensa en su arte, y una  débil sombra en sus errores. De luz y sombra somos todos. El poeta José Martí decía: “El sol quema con la misma luz que alumbra. Los resentidos hablan de las quemaduras; los agradecidos hablan de la luz”.

Agradecidos estamos todas las personas a quienes nos gusta la música vallenata,  por la alegría y la felicidad que nos regaló Diomedes en sus canciones,  que permanecen como tatuaje indeleble en la piel del alma, o  como fresca cicatriz en la memoria. Todos los que pertenecemos a la generación de los años dorados de Diomedes,  tenemos recuerdos inolvidables de sus cantos. En mi caso personal, Fantasía,  la hermosa canción de Rosendo Romero, es el puente de conquista a mí esposa Belky: “Ese que escribe versos repletos de verano estando en primavera, ese soy yo….

Décimas a Diomedes Díaz

(Por José Atuesta Mindiola)

 

I

Cuando Diomedes nació

hubo fiesta en la Guajira

y su madre doña Elvira

muy alegre le cantó.

Desde niño se abrazó

del viento para volar,

soñaba que iba a triunfar

en el canto vallenato

y Dios le da ese mandato

de componer y cantar.

 

II

En toda Colombia entera,

en los pueblos y ciudades,

un racimo de saudades

con aromas de quimeras;

recuerdos de quinceañeras

las hermosas melodías

del cantor Diomedes Díaz:

La Ventana Marroncita,

Serenata, Oye Bonita,

Necesito compañía.

 

III

Cuando la música suena

en el tiempo no hay distancia,

un suspiro de  fragancia

florece en la gente buena.

Volando se ven las penas

cicatrizan las heridas.

Volando se ve la vida

entre  sombra y esplendor,

pero no muere el amor

de las cosas más queridas.

 

IV

Los sonidos del dolor

las campanas en repique,

en homenaje al Cacique

Diomedes el trovador.

El poeta soñador

del amor y la alegría

que todo el mundo quería

por sus bonitas canciones

que guardan los corazones

en celeste sinfonía.

 

José Atuesta Mindiola

El tinajero
José Atuesta Mindiola

José Atuesta Mindiola (Mariangola, Cesar). Poeta y profesor de biología. Ganó en el año 2003 el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y es autor de libros como “Dulce arena del musengue” (1991), “Estación de los cuerpos” (1996), “Décimas Vallenatas” (2006), “La décima es como el río” (2008) y “Sonetos Vallenatos” (2011).

Su columna “El Tinajero” aborda los capítulos más variados de la actualidad y la cultura del Cesar.

[Leer columna]

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