Martes, 17 de oct de 2017
Valledupar, Colombia.

Esa tarde las cosas eran diferentes para el muchacho de escasos 19 años que se paseaba inquieto por la orilla del pozo rodeado de árboles cómplices de la finca ‘Parlamento’, ubicada a la salida de San Sebastián, Magdalena.

Estaba allí esperando a la hija de 17 años no cumplidos del dueño del predio, don Fedor Spadafora, porque ella le había confirmado a través de Julio Morillo, que iría a su encuentro así se estuviera acabando el mundo.

Pero esa vez no era para que ella llegara, se cogiera un moño y se amarrara el cabello cerrero y azabache con majagua de plátano mientras enfrentaba la batalla del amor con un contrincante que lo único que sabía de él era que le habían grabado una canción llamada “Cariñito de mi vida” y se la cantaba para que ella bajara sus puentes levadizos cuando estaba de mal genio.

El muchacho la esperaba para llevársela para ninguna parte, para robársela, como se decía en aquellos tiempos cuando los novios se fugaban de madrugada. Él no tenía sino sus canciones que nadie quería grabar, su talento, su sola camisa tropical de pájaros y flores, mangas largas, y una cara de palo para pedir chance en cualquier vehículo que fuera para San Sebastián. Mientras ella, hija de una familia pudiente que navegaba en la opulencia, con una belleza de miedo que paralizaba hasta el corazón de los niños, se había vuelto loca por ese ser misterioso que hablaba cantaíto, y una de las cosas que más le gustaba de su procedencia de indios guajiros era su flecha.

Pero la fuga de los novios cegados por la pasión y el deseo se truncó. Un empleado de don Fedor se dio cuenta sin querer de toda la trama que habían montado los amantes furtivos y se lo contó esa noche al patrón, quien sin dar explicaciones cogió a la hija querida y se la llevó esa misma noche para Mompox y a la mañana siguiente sin escuchar sus súplicas la embarcó en un avión para Bogotá y luego a los Estados Unidos.

Diomedes Díaz se quedó al pie de pozo esperando a Niviam Spadafora, que nunca llegó a la cita que se habían hecho desde la última vez que se encontraron en ese mismo sitio para las fiestas del 20 de enero, mientras ella lloraba lágrimas vivas por el indio, ese, carajo, como le decía su padre al pichón de compositor cuando la regañaba por sus encuentros prohibidos expresamente por él; mientras ella no veía la fecha siguiente para volver al pozo y se le hacían eternas las semanas y volvía a sosegarse cuando en las noches de mala luna escuchaba en la casa de dos pisos, en su alcoba con ventanas pintadas de color marrón una canción alegre y sentimental en una voz animada por el trago que ya le era familiar. Sí, era Diomedes anunciando su llegada a San Sebastián de la mejor manera que se le había ocurrido: cantando al pie de la ventana marroncita donde se encontraba su adorada.

Al día siguiente por la tarde Niviam con cualquier pretexto se iba para ‘Parlamento’ que queda a la salida del pueblo y esperaba a que llegara su enamorado con un guayabo todavía crudo que ella le sabía quitar con sus artes de mujer propia de esa hermosa  región.

Pero ese día Diomedes se cansó de esperar a alguien que ya jamás volvería a ver y se fue a ahogar sus penas como mejor pudo. En cambio Niviam nunca lo olvidó. Toda esa tierra extraña donde la había mandado su papá le hacía cerrar los ojos para volver a vivir los momentos desquiciados ya vividos con su poeta loco. En 1980 no aguantó más el sabor de cobre de las monedas de 5 pesos que le producía tantos recuerdos y volvió a su tierra con el ánimo de pelear con todo el mundo por  el amor del cantante a quien no veía y de quien no sabía nada.

Pero la decepción la arropó sin misericordia porque ya el cantante se había vuelto inalcanzable y siempre estaba escoltado por mujeres y todas esas personas que ya parasitaban en él, y se empezaba a perder en el horizonte el rastro de lo que entre ellos hubo. Niviam se aferró al ya corista Julio Morillo para que le consiguiera  una cita con el ya famoso cantante pero nunca recibió una respuesta. Se fue a Barranquilla a estudiar medicina y a torturarse más con la canción que ella no había escuchado por haber sido grabada cuando estaba lejos de su ‘Parlamento’ del alma y que no necesitaba saber mucho de vallenatos para saber que ella era la protagonista: Tres Canciones. Y se revolcaba de rabia y dolor cada vez que en la cantina algún borracho repetía y volvía a repetir  la canción grabada por el autor de sus desvelos y dedicada a ella también, Mi Profecía.

Mientras Diomedes se volvía famoso y millonario y ya no le quedaban secuelas de sus días difíciles como cuando ella lo conoció, Niviam no hacía más que recordarlo hasta que una mañana se dio a propósito un golpe con su puño cerrado en la frente  y se prometió no volver a pensar en ese guajiro con voz de chivato que le hablaba de sus sueños y le había prometido de rodillas en la orilla del pozo que se casaría con ella por encima de sus padres acaudalados, que no gustaban del borracho e irresponsable guacharaquero de cuanto conjunto iba a San Sebastián y que terminó enamorando a la joya de la familia. Don Fedor Spadafora se preguntaba qué mal había hecho para merecer semejante castigo, y para colmo, carajo, el indio sinvergüenza ése la tenía agarrada y su hija preciosa que tampoco lo soltaba, parecían suero con yuca, qué vaina.

Pero ella no se arrepintió de haber despreciado a tantos pretendientes por uno que cuando lo conoció no tenía ni bolsillos en los pantalones. Han pasado 35 años de esa historia y mi amigo y relator de esta historia  -y paisano de la hoy doctora Niviam Spadafora Adeccine-, Nelson Armesto, me dice que hasta hace poco en una esquina de San Sebastián hubo una casa de dos pisos con ventanas marroncitas cuyos barrotes estaban lisos de tanta agarradera, y que incluso, dicen las malas lenguas, que el ya cantante Rafael Orozco también tocaba para dar una serenata pero ella nunca la abrió, así Rafa imitara los 3 toques secos que hacía Diomedes. Al preguntarle cómo lo diferenciaba, ella respondía con su argumento certero de mujer  enamorada: ‘es que yo conozco mi gana’o…’

 

Fabio Fernando Meza


Folclor y color
Fabio Fernando Meza

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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