Jueves, 25 de may de 2017
Valledupar, Colombia.

Diomedes Díaz y Juancho Rois

Apoteósica y en olor de multitudes será la celebración del obituario de Diomedes Díaz Maestre, este fin de año, a lo que se unen los medios comunicativos nacionales y regionales, con la inminencia de una telenovela, diversos espacios radiales y televisivos, además de la presencia en solidarios homenajes con ecuménica complacencia de su fanaticada.

Desde ahora, la Costa caribeña, la Guajira y el Cesar, han emprendido la enjundiosa tarea de programar y desarrollar la herramienta del aliento poético y enriquecedor del idioma que Diomedes Díaz hizo suya con plenitud de sentido para millones de seguidores, huérfanos de la escritura y el habla, para expresar sus sentimientos y acciones en sus versos desarrollados en la altiva guajirindia de los yolujas y las apasionadas provincias del país vallenato, abarcando a Uribia, Patillal, Codazzi, La Loma, Valledupar y su inmensidad vallenata, hermanados con las aguerridas sabanas del Magdalena y el Sinú,  por cantos que ya se perpetúan llenos de contrastes etnosociales y la belleza de sus mitos afincados de esperanza en las páginas del viento que  rescata la ancestral herencia de la tierra y ennoblece su proverbial munificencia y solidaridad con sus paisanos.

Formidable tarea del trovar en lenguaje, para tantos en su forma ingenua, con audiencia y cantor asombrados, pero capaces de expresar los deseos y sentimientos íntimos y particulares en sus composiciones, tal como desde muy temprano en su vida, Diomedes tuvo el don  de asumir con rigor, sencillez y vitalidad que encontramos en la belleza de las composiciones de los  poetas  místicos y  troveros castellanos del Siglo de Oro español.

El genio del Cacique de la Junta traza la arquitectura fiel en su  celebrada presencia de vida e intimidad, para todo el universo, atiborrando los sentidos con la intensidad de su exaltado lirismo y la fidelidad a un folklore que cruza las avenidas del tiempo, a la vez que fortifica el autoestima de su gente humilde con sus ricas fuentes expresivas y sensibles, agradecida por los beneficios recibidos ante  sus súplicas a la Virgen del Carmen. Por ello se quita el sombrero ante la muerte para asumir su agitada existencia a la manera de Quevedo y Villegas: “El dinero vence a la virtud, y lo que llamáis vivir es morir viviendo”.

Casi inventa y descubre para sí y su fanaticada los signos infinitos del entusiasmo real y profundo del ser y sus afectos, tal como percibimos en su canción, “Brindo  con el alma”:

Como  no  puedo  verte  ni  puedo  hablar  contigo                

ahí  te  dejo esta  canción  de  recuerdo;

 y  si  esa  fue mi suerte haberte conocido

para después quererte de lejos.

Diomedes Díaz, artista del público delirante, en todo momento hace gestos y señales rituales que son su  leitmotiv para exorcizar con sentidos gestos de acercamiento poco usuales, tal como se registra en su aclamada interpretación de “Cantando”:

“. . . porque salgo  a toda  hora     

  a  cumplir  mis  compromisos,   

 cantando,  cantando,           

 cantando  versos  bonitos.

Epígonos diomedistas

Apresuradas declaraciones de algunos dentro de su “fanaticada”, por espontáneas e incompletas, ingenuamente hurtan el trazado vital biográfico real, como siempre ocurre con aquellos privilegiados  intérpretes del sentir popular, y quienes más reclaman confidencialidad resultan ser aquellos que, de buena fe, frustran trazar con credibilidad el perfil estructurado de su héroe.

Coincidimos, como tantos nativos de estas caliginosas comarcas tropicales del norte colombiano, en que Diomedes nació de familia humilde en épocas accidentadas para la economía guajira, agravada por ancestralidades de un padre  rudo,  inculto y proclive a la vida disipada, que precipita en Diomedes adolescente, para su abandono de los estudios básicos e ingresar, en adelante, a crueles condiciones laborales de subsistencia, que a la vuelta de cada recodo se mostraba lleno de incertidumbres.

Diomedes, en directo, apela a los secretos del arte amatorio y, de conquista en conquista, bajo el signo de las hembras y con su complicidad, ellas mismas testimonian que el  trovador de la Junta se cobija con el consejo nietzscheano al pie de la letra: “si vas con las mujeres, lleva el látigo”.

De esta forma llega a ser profeta en su tierra, su carisma, acento lírico en sus composiciones, y la leyenda que en su entorno la fanaticada ayuda a cultivar, para entonces convertirse en un desencadenador de situaciones sentimentales. Es el ideólogo de las actitudes populares en exitoso discurso vital, y con su temprana desaparición lo conduce, en su postrer destino, a cobrar cada vez mayor dimensión entre las figuras  de la canción popular latinoamericana.

El poeta crea para exorcizarnos de nuestras penas y hasta del mal de vivir como los simbolistas liberan el lenguaje de la crueldad de las leyes naturales, en perpetua renovación de su libertad en búsqueda de  la belleza; existencia libre de limitaciones, unido a medias con las múltiples formas del existir en insurgencia creativa contra el habla ordinaria.

Los versos en la lírica diomedista avanzan rítmicamente como olas de tres en tres ondas que conforman unidades que ascienden, seguidos de otra unidad descendente, con cierta intensificación emotiva y sonora  firmeza en las vocales largas que sirven para conferir expresividad al final del último verso, vinculando en uno solo el doble plano objetivo del mundo exterior, y el emocional del poeta que clama por las atenciones de su fémina, alcanzando cierta euforia lírica y efectos apropiados en su obra artística, como objeto que retiene el interés del destinatario con cierta lógica poética y su manera de cantarlo nos da la impresión de un estilo ajustado a la exigencia de un tema, que busca su propia verdad poética, que nos aclara las emociones humanas familiares al descubrir expresiones que adapta al sentimiento amoroso y al reclamo del favor de la mujer, en propuestas ecuménicas que escuchamos como en su tema: “Te quiero mucho”:

Y hoy que siento que  tú

me perteneces,

quisiera  llorar

de la emoción,

tú serás para mí

la bendición

hasta el día de mi muerte.

Son las “verdades eternas” de que nos hablan los poetas clásicos, refiriéndose a la incomprensión y a la injusticia en nuestro entorno y la deprimente existencia de tantas, temáticas predominantes en la poesía desde la Ilíada y la forma como los troveros y escritores piensan que deberíamos ver la gran  plaza del mundo.

 

Jairo Tapia Tietjen

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Jairo Tapia Tietjen

Codazzi, Cesar (1950). Bachiller Colegio Nacional A. Codazzi, 1970. Licenciado en Filología Española e Idiomas, UPTC, Tunja, 1976; Docente en Colegio Nacional Loperena, 1977-2012. Catedrático Literatura e Idiomas, UPC, Valledupar, 1977-2013. Director Revista 'Integración', Aprocoda-Codazzi, 1983-2014; columnista: Diario del Caribe, Barranquilla, El Tiempo, Bogotá, El Universal, Cartagena, El Pilón, Vanguardia Valledupar: 1968-2012. Tel: 095 5736623, Clle. 6C N° 19B 119, Los Músicos, Valledupar- Cesar.

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