Artes plásticas

Conversaciones con el artista José Anibal Moya

Johari Gautier Carmona

21/08/2012 - 12:50

 

José Anibal Moya En su taller del barrio Dangond, el artista plástico José Anibal Moya vuelve a conectar con los recuerdos de la infancia. Sus innumerables cuadros componen un mosaico denso de colores y formas que nacieron de un sueño: la aviación.

Un ventilador nos abre las puertas de un viaje a través del tiempo. El calor en Valledupar ha sido más notable en estos últimos días pero en cuestión de unos minutos el arte se impone a todos los demás elementos.

Entonces saltan a la vista esos aviones –grandes y pequeños, comerciales y guerreros– que pueblan las telas del artista. Es el tema central. La columna vertebral de una obra llena de mensajes.

“La aviación es un tema fascinante –explica José Anibal–. Tiene un papel fundamental en la historia. Me trae algo de nostalgia y eso está relacionado con el cine”.

De repente, la adolescencia del pintor aparece en el horizonte y se expone como una imagen poderosa donde los anhelos y los sueños terminan siendo un impulso para la creación.

Nacido en Valledupar en 1969, en el Cañahuate, Moya creció en una familia de 8 hermanos. De uno de ellos heredó el gusto por el cine y en ese universo de fantasía surgieron experiencias que, poco a poco, marcaron sus gustos artísticos y aspiraciones profesionales.

“Las películas de guerra me llamaron la atención –explica José Anibal con una sonrisa–. Recuerdo cuando vi la Guerra de las Galaxias por primera vez a los 10 años. Fue como conseguir un sueño importante porque siempre veía a Dark Vador en las revistas pero no lograba verlo en la pantalla”.

A los 13 años, la película estadounidense “Tora-Tora-Tora” le impactó especialmente. La vio en un cine al aire libre y el fotograma le sedujo de inmediato por su gran calidad. “¡No sé cómo esa película llegó aquí!”, sostiene irónicamente.

Ese mismo año, José Anibal logró convencer a sus padres para que lo inscribieran a la escuela de Bellas Artes. Fue un primer contacto intenso con las artes que no duró mucho –porque no logró compaginarlo con su escuela–, pero ahí fue cuando germinó esa inquietud artística que hoy mantiene viva.

El dibujo se convirtió en un ejercicio diario mientras que el sueño por incorporarse a las fuerzas armadas iba creciendo. Los aviones seguían presentes en la memoria de José Anibal y, sin embargo, tuvo que descartar subir en ellos debido a unas complicaciones administrativas.

De una decepción surgió una oportunidad. Moya volvió a abrazar las Artes plásticas y a dedicarse de lleno a la creación. “Empecé mis estudios de arte en 1991 –comenta– y en el 92 hice mi primera exposición en el Salón de Artistas del Cesar”.

Su participación en el salón generó una breve discordia entre artistas y curadores. Algunos pensaban que era una edad demasiado corta para entrar en el “círculo” de los artistas del Cesar.

Lo cierto es que en ese evento José Anibal salió consagrado con una mención honorífica por su trabajo “American Enterprise”: una serie de cuadros que representan a las tres Américas y que terminó recorriendo el país entero.

Poco después, en el año 1994, José Anibal optó por irse a estudiar a Cartagena junto con un grupo de estudiantes en el que se hallaban Eder Pisiotty, Jair Maya, Nelson Amaya y Claudio Suárez. “Queríamos vivir la vida de artista y conocer más –comenta el pintor–. Necesitábamos enriquecer nuestro arte”.

La partida no fue tan fácil. Ciertos profesores de la Escuela de Bellas Artes reprobaron enérgicamente esa decisión y criticaron el súbito distanciamiento de los jóvenes, pero José Anibal se mantuvo firme.

Tras cuatro años de estudios, los jóvenes artistas regresaron a Valledupar. Todos llegaban con el deseo de exponer nuevos conceptos y revolucionar las artes locales. “Éramos la vanguardia –explica Moya–. Kajuma nos invitó una vez y nos dijo que se alimentaba con nuestras ideas”.

Los elogios y las críticas volaban de distintas partes. La señora Leonor Palmera organizó una exposición en la Casa de la Cultura en su honor mientras que el profesor Germán Piedrahita sostenía animadas discusiones sobre el conceptualismo y vaticinaba un posible olvido de los símbolos de la región (como el acordeón o la guacharaca).

Ante este aire fresco, un gran número de artistas de Valledupar respondieron de manera hostil. “Los artistas con poca formación vieron una amenaza en nosotros”, comenta José Anibal.

La reacción conservadora del entorno, combinada con el conflicto armado, hizo que el artista se alejara progresivamente del conceptualismo y se volviera un cronista de situaciones. “Me convertí en un hacedor de arte figurativo o abstracto –explica el artista–. Empecé a dibujar la violencia que crecía en esa época”.

Una de sus obras, llamada “La historia oficial. El vuelo nocturno”, recoge el siniestro aspecto de los aviones fantasmas que sobrevolaban la región para controlar los movimientos de la guerrilla. Algunas personas vieron en ella una premonición del atentado de las torres gemelas en Nueva York por los edificios que aparecen al borde.

“Fui cronista sin ser panfletista –comenta Moya–. Me preguntaba continuamente por qué y cómo esto podía pasar”.

En la actualidad, José Anibal se encuentra en un momento de reflexión. Combina su labor de docente con la exploración artística. Quiere reinventarse usando la tecnología pero sin dejar atrás la tradición, y esa tarea le exige tiempo y mucha calma.

“Mi próximo trabajo va estar lleno de investigación”, explica antes de ofrecerme una limonada y, en el patio de su casa, la sombra de los bananos nos permite seguir hablando de cine como si nada.

Johari Gautier Carmona

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